Mi nombre es Herard, Herard Kruger.
Claro está que mi nombre no les dirá nada. En realidad casi nunca ha dicho nada. He vivido toda mi vida en mi país, Austria. Hace quince años, cuando cumplí los sesenta y cinco años, ya hacía mucho tiempo que mi mujer me había abandonado yendo a reunirse con sus ancestros. Me quedan, eso sí, algunos hijos diseminados por mi suelo patrio. Como digo, cuando me jubilé, a los sesenta y cinco años, me propuse buscar un sitio agradable donde pasar los inviernos. Durante cinco largos años estuve visitando diversas ciudades del mediterráneo hasta que encontré esta. Su calor, su luz, su cielo siempre azul, me cautivaron y la adopte como ciudad de invierno. Así hace diez años que paso la mayor parte de mi vida en esta ciudad. No conozco a mucha gente, ni creo que me apetezca conocerla, aunque he de reconocer que son especialmente amables conmigo.
El año pasado me detectaron un cáncer de pulmón para el que no estaba preparado, pero que al final acepté como se aceptan todos los retos en esta vida. Me dijeron que tenía que dejar los viajes de invierno y someterme a ciertas curas de no sé qué bombardeos, a lo que me negué.
En esta ciudad y en este año de 2.002 he acudido al hospital aquejado de ciertas toses que no tenía antes y que se me van recrudeciendo cada vez más. Allí me han confirmado lo del cáncer y además me han dicho que no hay cura posible ya que tengo metástasis. Que es imposible cualquier tipo de intervención. Pero yo sé que ya, a mis ochenta años, nada tiene este viejo que temer a la vida ni a la muerte. Estoy de paso como todo el mundo y he llegado a mi fin.
Tampoco me hubiera puesto delante de esta vieja máquina de escribir si no tuviera algo importante que decir. Algo que quiero que lea el máximo número de personas posibles, para que entiendan que el hecho de afrontar la muerte con esta espera cansina con la que lo hago, con esta resignación y con este amor a la vida, no es nada en comparación a la decisión que tomaron los protagonistas de esta historia. Historia sacada de la realidad, de la ciudad que me ha acogido durante los últimos diez inviernos, de mi barrio, en definitiva del paseo marítimo que es donde se ubica el apartamento que cada año alquilo.
Es un pequeño apartamento con hermosas vistas al mar y muy cercano al Café Lisboa. Un pequeño café que durante el verano, me cuentan, es un verdadero agobio por la cantidad de visitantes que tiene, pero que durante el invierno, debido a que esta ciudad, cosa que agradezco, vive de espaldas al mar, se encuentra casi solitario. Somos muy pocos los que lo frecuentamos. Algún borracho noctámbulo, algunos pescadores frustrados, algún marinero desahuciado de la mar y Antonio.
Antonio ha nacido en una ciudad separada de esta los suficientes kilómetros como para ser tan transeúnte como yo. Vino aquí destinado en su trabajo y sigue aquí desde entonces. Tiene ya... bueno tenía, cuando murió, 45 años y dos preciosos hijos. Un hijo y una hija. José y Helena.
Antonio fue de las primeras personas que conocí en la ciudad. Con el que compartí buenos momentos, conversaciones, e incluso alguna vez hemos dibujado las bases de algún negocio. Un soñador por excelencia.
La primera vez lo vi arrastrando una caja a la que le había acoplado unas ruedas de cojinete, donde, sentado, su hijo de dos años de edad volaba a las vertiginosas velocidades del paso de su padre. El mismo carro que años más tarde, su hijo José lleva cada día, al salir del colegio, para hacer la compra en el supermercado que hay cerca del Café Lisboa. Así fue como lo conocí. Nunca ha faltado a las horas de nuestras tertulias. He de reconocer que todas las necesidades de contacto con alguien en mis estancias en esta ciudad se han visto cumplidas en Antonio. No solo por las divertidas e ingeniosas conversaciones, sino por la calidad humana que rezumaba por cada uno de sus poros. Porque estando cerca de él uno podía impregnarse del amor con que obsequiaba a sus hijos, a la vida, al mar...
Ahora que llego al final de mi vida, sé que a la única persona que podría echar de menos está esperándome, seguro, al final de ese túnel blanco que dicen que se ve cuando uno termina. Además estará esperándome con algún juego de piezas móviles que habrá que encajar formando alguna figura conocida. Así era Antonio.
- ¡Herard! - Me llamó un día. - Vente corriendo al hospital, ¡VOY A SER PADRE DE NUEVO!
Así fue como conocí a Helena, que pronto, casi demasiado pronto, se unió a la pandilla que ya formábamos Antonio, José y yo. Ya éramos dos los que tirábamos de dos cajas de madera con ruedas de cojinetes con sendas criaturas sentadas.
“El tito raro”, me llamaban. No sé si porque les costaba pronunciar mi nombre o porque en realidad me veían raro. O posiblemente fuera por este acento que tengo cuando hablo español.
Este año no iba a ser como los demás. Los demás siempre, en navidades, cenaba en su casa con su familia. Este año no. Antonio había quedado en pasar las navidades en esa ciudad... no recuerdo su nombre, pero sé que está lejos. A unas seis horas de carretera en coche. Ya no volvió. Pero no quiero adelantar acontecimientos. Lo que sigue está sacado con sacacorchos a José y a Helena. Intentaré novelarlo lo mejor que pueda, porque solo de esa manera es posible que al llegar a tus manos lo leas. Y quiero que lo leas porque es la primera vez y la única en toda mi vida que he sentido y quiero expresarlo, un respeto tan profundo a la calidad humana como el experimentado hacia estos dos personajes: José y Helena. Nunca sabré si esto sucederá, porque es mi último año en esta ciudad. Si me queda algo de vida, la pasaré en mi país con los que me consideran suyo. Así pues me dirijo a ti, lector, conocido o no, para hacerte participe de mi asombro, de mi respeto.
Les he prometido que nunca diría nada de ellos. Que jamás me inmiscuiría en su vida. Que para nada haría algo que fuera contra su deseo. Pero faltaría al respeto que a mí mismo me debo si no escribiera estas líneas. A ellos no le he translucido el sentimiento que me embarga por su postura ante el mundo, pero si quiero dejar constancia del mismo. A ellos y ti, lector, para que el mundo sepa, tú sepas, lo que es verdaderamente enfrentarse a la vida con coraje. Pero más que nada, escribo estas líneas para dejar constancia de mis verdaderos sentimientos. De la verdad que escondo en mi corazón y el profundo respeto que les profeso. Asimismo, darles con esto las gracias por haberme hecho comprender que este salto que me espera es una nimiedad comparado con su decisión.
- ¡Helena, José, venga, rápido que estáis perdiendo mucho tiempo!
- ¿Habéis hecho vuestra maleta?
- Sí, mamá, yo sí la he hecho - dijo Helena
- Yo también - respondió José
La casa era un hervidero de actividad. La familia al completo pretendía ir de vacaciones de Navidad a la ciudad donde naciera el padre. Los abuelos habían muerto. Pero no quería decir nada. Allí se encontraba el grueso de la familia. No en vano, Antonio, tenía varios hermanos más y casi todos vivían en esa ciudad. Alguna vez, en alguna de nuestras diarias tertulias, me contó, o se contó a sí mismo y yo lo oí, sobre su pena porque la idiosincrasia de su familia los hacia estar separados a pesar de vivir tan cerca unos de otros. Él lo achacaba a la pareja de cada uno de ellos, también a la maldita herencia que dejaran sus padres, aunque sabía, estaba seguro, que eran ellos mismos los que se habían distanciado. Ya no tenían ningún punto de conexión.
Ya acariciaban la idea de los mil juegos que les esperaban con sus primos en las tardes de casa y de salida al parque que hay justo enfrente.
José tenía once años bien cumplidos, ya que muy pronto tendría doce. Esa edad en que comienzan a salirle, según pensaba él, los primeros pelos en las piernas, en la barba, en el pubis. Helena desde sus 7 años, lo contemplaba como a una persona mayor con la que podía hablar, ya que sus padres le consideraban menos que nada porque nunca contestaban a sus preguntas.
Fue su hermano el que le enseñó todo lo que quería saber. Todo lo que él sabia y lo que no sabía se lo inventaba.
El viaje fue como siempre. Los padres inventando juegos para que no se aburrieran.
- Vamos a mirar las matriculas de los coches que van delante de nosotros. Sumando, restando, multiplicando y dividiendo, tenemos que intentar lograr un cero. Por ejemplo, mira ese coche de alante. Es GR 5419 A. Pues sabéis que cinco y cuatro son nueve. Nueve entre nueve es uno. Y uno menos uno cero. ¡Conseguido!
- Mirad, Mirad, un paso elevado allí al fondo. Vamos a contar desde 10 a cero y cuando lleguemos a cero debe ser justo debajo del paso
- diez, nueve, ocho, siete seis, cinco, cuatro tres, dos uno, CEROOOOOOOOOOO
- Habéis hecho trampa - decía la madre - Hay que contar con la misma pausa entre números siempre.
Así transcurría siempre el viaje. O como aquella vez que por poco el padre se sale de la carretera cuando, contando chistes, José, contó aquel:
- ¿Cuál es el pez que usa corbata?
- No sé, dímelo tú
- El pez cuezo.
Fue la risa del padre la culpable de que el coche casi se saliera de la carretera.
Mientras José, como siempre le pasaba, se derramó desde el asiento de atrás hasta el suelo del coche con una risa floja que era mirada con sorna por Helena desde su asiento.
El viaje estuvo sazonado de las mismas o parecidas anécdotas a las que cada viaje que hacían estaban acostumbrados. No había lugar para el aburrimiento.
José, responsable y tímido, sentía verdadera veneración por su padre. Helena era algo más independiente.
Llegaron a la ciudad casi a la hora de la cena.
A José no le gustaban mucho sus tíos, los hermanos del padre ni los de la madre. Los veía siempre muy egoístas en sus concepciones y ningún apego a las cosas que pasaban en su casa. Recordaba aquella vez en que el padre se había metido en negocios, como él decía, y le salieron mal. La familia no quiso saber nada de él ni de sus negocios, por lo que se vio impelido a solicitar un crédito que hube de firmar yo como avalista. Los besos que le prodigaba la familia, pues, le sabían a hiel y no a miel.
Por eso, José, se cuidaba muy mucho de ninguna exageración en los amores familiares. Desde sus once años los conocía muy bien.
Pasados unos días Antonio y su mujer quedaron para cenar en noche vieja en casa de otro hermano que vive en un pueblecito en la sierra cercana a la ciudad.
Le pidieron que tuviera cuidado, pues estaba nevando y podía ser que la carretera se encontrara en mal estado.
- No os preocupéis, hijos, - dijo la madre - papá es un buen conductor. Ni Fangio es tan buen conductor como tu padre.
A Antonio lo perdió precisamente el hecho de ser demasiado bueno. Creo que en una curva se encontró de bruces con una cabra montes y dio un volantazo para no herirla. Esto le valió salirse de la calzada y caer por un barranco, que aunque pequeño, hizo que perdieran el conocimiento y heridos los dos, murieron entre la nieve y el frío y los hierros retorcidos del coche. La cabra montes también pereció en el accidente.
El día de año nuevo llamaron desde el pueblito en la sierra para ver como lo habíamos pasado en noche vieja y preguntar por qué a los padres les dio por quedarse en la capital en vez de venirse con ellos. Pero hicieron bien, porque la noche no estaba para demasiados viajes. Habían cerrado la carretera a altas horas de la madrugada y estaban prácticamente incomunicados.
- ¿Qué no están allí?
- No
- Pues se fueron a eso de las nueve y media
- Pues aquí no llegaron
Movida general. Búsqueda. Guardia civil. Por la tarde del día uno de enero los encontraron ya muertos en el pequeño barranco que te digo.
José oyó las conversaciones que por teléfono tenían unos con otros.
- ¿Qué vamos a hacer ahora?
- Pues los niños se tendrán que quedar con alguien.
- En mi casa es que no caben. Ya sabes como es, y mis hijos...
- Pues en la mía ya conoces a Damián. Nunca quiso tener hijos por no ocuparse de nadie. Así que ya me dirás...
- ¿Y Julián?
- Llámalo a ver que dice.
- Bueno, pero de los cadáveres nos tendremos que hacer cargo
- Eso sí. Lo que cueste lo dividimos entre todos y a lo que toquemos hemos tocado.
- Bien.
- ¿Qué hacemos entonces?
- ¿Sabes si tenían seguro?
- Creo que sí
- Pues ve llamándolo a ver que cubre. Espero que todo. Pues no estamos para muchos gastos. Ya sabes... la casa nueva que hemos comprado... los gastos...
- Que me vas a decir a mí, los gastos de los niños, los colegios...
- Además, él tendría algún dinero... espero...
- No te creas, recuerda el préstamo que nos pidió el año pasado.
Se organizó una batida de casas de seguros y se encontró la que les pertenecía. Y con los aditamentos que les dijeron se llevó a la práctica su entierro.
Los llevaron a un tanatorio de la ciudad en donde velaron a los cadáveres.
- Tenéis que ser fuertes - les dijo la tía - vuestros padres han muerto en un accidente yendo a casa de los titos. Pero no os preocupéis porque han ido al cielo.
Se quedaron petrificados, aunque José ya lo sabía por las conversaciones telefónicas que había oído. Fue Helena la que más petrificada quedó. Sin habla. Sin lagrimas. Pero con esa expresión que tanto la define. Su desamparo desapareció cuando miró a José que sin volverse a ella le tendió la mano abierta donde ella refugió la suya sintiendo el agradable apretón que José le proporcionó. Helena estaba a salvo. José cuidaría de ella. El desconsuelo de José fue en aumento viendo como en conversaciones habidas entre todos sus familiares se intentaban quitar el problema de tener a dos nuevas bocas en sus casas. Cada uno le instaba a cada otro a que se quedaran con ellos.
Iban dejando sin cerrar este extremo, pensando cada uno que al final se alzaría alguno de ellos en adalid del infortunio de los dos niños y de eso ya no se hablaba más.
Quisieron que se quedaran en casa y que no fueran al tanatorio pero ellos insistieron en ir. Querían estar cerca de sus padres.
- Bueno, pues veniros.
La noche fue muy concurrida. Estaban los amigos de los padres venidos de su ciudad. Todos los hermanos y alguien que no conocían los niños que estaban allí también.
Muchos besos y apretujones al principio. Mas tarde las lagrimas asomaban a los ojos de los hermanos y de las cuñadas y de todos los que velaban los cadáveres cada vez que venía alguien nuevo al que los niños no conocían.
Ellos se separaron del grupo y se sentaron en unos sillones que había en la sala de recepción, lejos de la sala donde se velaban los restos de los padres
- Échate aquí, Helena, y pon la cabeza encima de mí. A ver si puedes dormir algo
- Es que tengo hambre, José.
Bueno pues espera un momento y voy a traerte algo de la cafetería.
Helena quedó esperando a su hermano que fue en busca de algo para comer. José vio a uno de sus tíos y le dijo
- Helena tiene hambre.
- Pues vete a la cafetería que allí está tu tío Fernando, dile que te de un bocadillo o algo para tu hermana.
Cuando José llega a la cafetería no vio a Fernando. No vio a nadie que al que pudiera sablear un bocadillo. Pero si vio a alguien que se levantaba de la barra dejando medio bocadillo sin comer. José disimulando se acercó hasta el medio bocadillo y lo cogió sin que lo viera nadie y se lo llevó. Cuando fue llegando a donde estaba Helena comenzó a hacer como si lo mordiera.
- Toma Helena, lo que falta me lo he comido yo.
- Hum, que rico - dijo Helena mientras se lo engullía entero.
Seguía entrando gente, amigos de la familia. Gente que José no reconocía. Gente que Helena no podía reconocer porque se ha había quedado durmiendo con la cabeza apoyada en las piernas de José.
Nadie les hizo caso. Si acaso una señora gorda y con faja que se les acercó y le dio un beso a José. A Helena la dejó porque estaba durmiendo.
Alguien en un momento determinado vino con una bolsa de plástico y se la dio a José diciéndole que eran las pertenencias de su padre. El reloj, la cartera, la documentación...
Pasó mucho, mucho tiempo. Unos se fueron marchando y otros iban viniendo, pero nadie hablaba con los niños. José tuvo mucho tiempo para pensar que hacer mientras miraba a Helena durmiendo placidamente encima de sus rodillas.
José sacó los anillos de sus padres y estuvo mirándolos durante largo tiempo. Sacó la cartera de la bolsa de plástico y observó la cantidad de dinero que había en la misma
En el insomnio de José se agolparon todas las reacciones de sus tíos, todas las bellas imágenes que el recuerdo le traía de sus padres, todo el calor de sus perdidas risas. Toda la angustia del desamparo, de la soledad. Pero no derramó ni una sola lágrima.
Miró a Helena que seguía durmiendo apoyando la cabeza sobre sus piernas un largo rato.
Suavemente sacó las piernas prisioneras y deambuló en busca de un periódico. Ninguna esquela de sus padres muertos. Sí una breve reseña sobre el accidente. Pasó de lejos la reseña sin ni siquiera curiosidad sobre lo que podrían decir y llegó a la página que buscaba. Dejó el periódico en el mismo asiento donde lo encontró y se dirigió de nuevo a donde Helena dormía.
- Helena, despierta y no hagas ruido. Nos vamos. - Le dijo suavemente al oído.
- ¿Adónde? - Preguntó la niña desperezándose.
- Nos vamos a casa - contestó él convincente por lo seguro que estaba de la decisión que acababa de tomar.
- Pero ¿ a qué casa?
- A la nuestra - respondió José tragándose la rabia de la pérdida de sus padres, la rabia de conocer a la familia.
- A nuestra casa. El tren sale a las ocho de la mañana y son las seis y media. Vamos.
- ¿La maleta? Preguntó Helena.
- Ya la pediremos - dijo José a sabiendas que no la iban a pedir nunca.
- ¿Dónde están los niños? Preguntó alguien sin muchas ganas de saber donde estaban.
- Se habrán ido con alguien a dormir, los pobres deberían estar cansadísimos y destrozados. -Contestó otro alguien con las mismas ganas de saber.
Salieron al aire frió de la mañana que se avecinaba sin más escolta que ellos mismos. Sin más ropa que la que llevaban cuando llegaron.
- Tengo frió - dijo Helena
- Toma, ponte esto - dijo José mientras se quitaba la chaqueta vaquera que le protegía.
A la salida del tanatorio tomaron un taxi en una parada cercana y le dijeron que los llevara a la estación del tren. Allí, José se acercó a la ventanilla y pidió dos billetes.
- ¿Y tu padre? - preguntó la expendedora
- Está en la cafetería. Me ha pedido que venga yo a por ellos para que me vaya haciendo mayor.
- Eso está bien, muy bien. Así me gustan los padres y no los de hoy día que piensan que los niños son tontos. Pues no. No son tontos. Solo son niños. ¿Qué edad tienes?
- Once - respondió José
- Pues entonces tu tienes que pagar solo medio billete. Así que aquí los tienes.
José pagó los dos billetes y dándole las gracias a la señora de la ventanilla se fue hacia donde estaba Helena, y tomándola de la mano se encaminaron hasta el bar. Allí José pidió dos bocadillos de tortilla para llevar y se fueron hasta los andenes, donde un señor tocado con una gorra con visera les indicó cual era su coche.
- ¿Y vuestros padres? - Les increpó cuando se iban.
- Vienen detrás. Nos han dicho que vayamos delante para ver si somos capaces de llegar sin su ayuda
- ¡Bien hecho, sí señor! - Comentó el revisor.
Una vez en sus asientos, Helena se quedó profundamente dormida mientras que José quedó pensativo. Tenía tiempo. El tren tardaba al menos nueve horas en recorrer la distancia entre las dos ciudades.
Volvió a mirar el contenido de la bolsa de plástico que le habían dado. Sí, las llaves de la casa estaban allí. Abrió la cartera y contó el dinero que había en ella: Trescientos veintiún Euros con cincuenta y cuatro céntimos.
Bien. Ya no estaban sus padres, así que había que pensar que se podía hacer con ese dinero. Lo que tenía muy claro es que no iba a buscar a nadie para que los ayudasen. No creía que necesitaran ayuda.
Me enteré de su decisión a primeros de febrero. Cada día le preguntaba por su padre y siempre me contestaba con evasivas. Un día se derrumbó y su cara se llenó de lágrimas y me contó sus últimas navidades en casa de uno de sus tíos. Me pidió por favor que no le contara nada a nadie pues ellos estaban bien y la única pretensión que tenía era hacer lo que su padre hubiera hecho en su lugar.
Yo tenía mi salida prevista para el día 15 de febrero, pues ya era casi insoportable la tos que me acuciaba y la dificultad en la respiración, pero cambié mi billete para un mes más tarde.
En un momento determinado, José me comentó que debía haber algún problema con la tarjeta de crédito porque ya no le daba más dinero. Que debería haberse estropeado.
Le dije que si quería yo le podía prestar algún dinero.
Me dijo que no hacía falta, que su padre le había dejado dinero en la cuenta, de eso estaba seguro, que su padre no se iba a morir sin dejarle a ellos algo para vivir hasta que pudiera trabajar.
Le dije que su padre quería que tanto él como ella estudiaran y tuviesen cada uno una carrera. Así que por ahora no era necesario que buscara trabajo.
Me dijo que cuando se acabara el dinero ya buscaría trabajo. Que su padre le había dejado una casa donde vivir, y ropa, y dinero para comprar comida.
Le dije que efectivamente era cierto todo eso, pero mientras se arreglaba el problema con la tarjeta yo le prestaría dinero.
Se negó en rotundo.
- Te lo agradezco mucho tito raro, pero no es necesario. De verdad. Estamos bien. Te lo cuento para ver si tú puedes arreglar lo de la tarjeta y que te den una nueva en el banco. Es que si voy yo me van a ver pequeño y no me van a hacer caso.
Tomé la tarjeta de crédito de sus manos y me fui al banco. Allí me enteré de las penurias que estaba pasando Antonio, con el crédito y con la hipoteca de la vivienda. El director me dijo que habían escrito reiteradamente a Antonio para que se pasara por el banco, pero que ante la ausencia de cualquier tipo de acercamiento, habían decidido cortar la línea de crédito de la tarjeta y que además llevaba dos meses sin ingresar nada en la cuenta de la hipoteca y que al tercer mes pasaría a moroso, con lo que actuarían contra la vivienda para recuperar la deuda.
Arreglé todas las deudas con el director del banco haciendo algunos traspasos de mis cuentas en mi país, dejé una buena suma de dinero en la cuenta de la tarjeta de crédito, ordené un traspaso mensual hasta que cumplieran los 21 años y me despedí del banquero.
Cuando vi de nuevo a José me preguntó con ansiedad en la mirada:
- ¿ Te la han arreglado?
- Sí, - le contesté - ha sido un malentendido del banco y me han rogado que os pida disculpas.
- ¿No ves? Ya te decía yo que papá no nos iba a dejar sin nada. - Me contestó llenándosele la mirada de orgullo por el padre.
- Mi padre tiene confianza en mí y sabe que nunca gastaría nada de dinero si no es imprescindible. - Terminó diciéndome.
Ya sabes, estimado lector. Si se te ocurre algo que hacer por ellos, no dudes en acercarte al paseo marítimo. Es fácil encontrar el Café Lisboa. Pues justo al lado se encuentra el supermercado al que he aludido antes. Suele bajar a la una y media. Lleva una caja de madera con ruedas de cojinete arrastrando y sobre ella la compra del día. Ah, seguro que entre las cosas que ha comprado hay un tubo de leche condensada La Lechera. A Helena le encanta y él no sabe negarle nada. Pero jamás se te ocurra interponerte en su vida. Está bien organizada y sabe lo que quiere para él y para su hermana. Lleva en la cabeza lo que su padre quería para ellos y no me cabe la menor duda de que hará cuanto sea necesario para alcanzar sus objetivos. No se trata de dinero su problema. Ya he dispuesto que mi herencia quede para ellos. He organizado los bancos para que pueda seguir haciendo uso de su tarjeta y he domiciliado todos los pagos de hipotecas y demás que su padre nunca había domiciliado. La llamada que te hago, lector, es solo por si te sobra una sonrisa, o una palabra de aliento, o por si sabes algún juego de carretera. A mí ya no me quedan fuerzas para nada de eso. El lunes parto para mi país. No me quedo más tiempo porque sé que más que una ayuda sería un estorbo en su vida. Ya casi no puedo respirar, aunque siempre lo he disimulado cerca de ellos. La única vez en mi vida que he rogado algo ha sido pidiéndole al cielo aunque fuera un año más para estar con ellos hasta que se hicieran realmente a su nueva vida, pero no se me ha sido concedido. Mis fuerzas cada vez son menos y mis toses cada vez más insoportables. He comenzado a tener dolores fuertes y he de cumplir mi destino. No quiero dejarlos con la sensación de perder dos veces a una familia. Por eso confío en que alguno de vosotros los encontréis y le ofrezcáis eso que ya no puedo hacer yo. Por cierto, nunca les digas que he muerto, o que estoy enfermo. Que se queden con el recuerdo de alguien que tal vez, en algún momento, puede aparecer. No le hagas saber de mi dedicación ni de que les he dejado el dinero que poseo en herencia. Solo he intentado ser un amigo. Ese “tito raro” que ha compartido con ellos estos deliciosos años y que ahora debe afrontar solo su partida. Espero que nunca llegue este escrito a las manos de ninguno de sus tíos, aunque pienso que si así fuese lo olvidarían enseguida. No creo que sepan enfrentarse a la realidad del abandono que hicieron manifiesto en José y Helena, las únicas dos personas de este mundo por las que me duele dejarlo, y las únicas dos personas de este mundo que me han enseñado a dejarlo sin pena.
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jueves, 13 de agosto de 2009
sábado, 4 de julio de 2009
SU PRIMER CUENTO
Querido amigo y editor.
Espero que entiendas la decisión que acabo de tomar aunque vaya en detrimento de las cláusulas del contrato que tenemos establecido.
No me es posible acabar en tiempo y forma la novela que me encomendaste. Es como si se hubiera esfumado de mí cualquier atisbo de imaginación, si es que en algún momento la tuve. Dudo de mi capacidad como escritor y de mi propia vida. En realidad dudo de la vida en sí, de Dios y de la gente. Bien sabes, me conoces lo suficiente, que esta decisión la tomo por alguna causa justificada. No pretendo nada con ello y entenderé que des por concluido nuestro contrato.
No espero nada del mundo ni de nadie, ni incluso de ti que eres posiblemente la única persona con la que he podido hablar desde hace muchos años. Solo espero que me comprendas y para ello te mando este relato de mi estancia en la casita de la playa que tan amablemente me proporcionaste.
Reconocerás conmigo que debo ir a buscarlo a la sierra aunque esto sea lo último que haga en mi vida dada el asma que me consume. Debo ir a buscarlo, porque de alguna manera, si lo encuentro, me encontraré a mí.
No espero noticias tuyas porque no te diré donde estoy.
Necesito mi tiempo para otras cosas que no para escribir o leer cartas de nadie. No las esperes de mí tu tampoco.
Si vuelvo, te lo haré saber.
Un abrazo
José
Aquel día llegó hasta la puerta de mi casa gritándome “¡Abre, abre!, Rápido!- Alarmado me levanté de mi rutinario lugar de trabajo y fui hacia la puerta lo más deprisa que pude. Entrecortadamente me puso en antecedentes: - Hay una terrible pelea entre dos seres enormes en la playa, ven corriendo- Mientras decía esto me tomó de la mano y me arrastró hacia las dunas que se extienden playa arriba. En un momento determinado me soltó la mano y se avezó a correr mientras yo lo seguía como podía. Al llegar a un promontorio de la duna más cercana se paró y despacio y silenciosamente se arrodilló sobre la arena y quedó observando. Cuando llegué a su altura hice lo mismo que le había visto hacer a él y las vi. Eran dos enormes hormigas luchando entre sí. “No podemos dejarlas que se maten así, tenemos que hacer algo” me dijo mientras me miraba con un ruego en sus ojos que en cualquier caso fue lo más cerca que estuvo de pedirme algo. Lo entendí y con una ramita las separé con cuidado de no lastimar a ninguna de ellas
Lester es un niño de entrada la tarde.
Solía verlo en cualquier época del año paseando por las blancas arenas de la playa que dormita tras mi ventana. Siempre solo, o al menos eso pensaba yo entonces, pero más tarde, con el paso del tiempo, cuando supe algo de él, me di cuenta que jamás había estado solo. Un sinfín de amigos imaginarios lo habían rodeado desde siempre y siempre iban con él a todas partes.
Lester tiene dos simas profundas y negras como el carbón desde donde escruta su alrededor, y dos hoyos repartidos a cada lado de su movida cara que pronuncia a placer mediante muecas dirigidas, seguro, a esos monstruos a los que rechaza con su arma de madera rescatada al mar.
A veces se pasaba horas mirando al mar, estático frente a él, hasta que el sol desaparecía detrás de aquella línea recta que se divisa al fondo haciendo explotar la tarde en colores mientras sus pies descalzos eran lamidos por la espuma blanca.
Lester aun no tenía novia, eso y todo que las mujeres que a veces y raramente se dejaban ver por la playa se detenían a verlo y a sonreírle y a tocarlo. Pero él no quería saber nada de ellas y les lanzaba secretas advertencias desde su mirada negra.
A veces salía de paseo en su brioso caballo de caña, al que espoleaba rabiosamente hasta caer rendido en la arena. A veces su caballo se convertía en espada con la que atacaba furiosamente a las olas que pretendían subir por sus piernas.
Cuando me detectaron el asma que me anula, me trasladé por prescripción facultativa a esta casita al borde del mar. El camino para llegar es escarpado en ausencia de firmes convencionales. Cada lunes me acerco en el coche hasta el pueblo vecino para allí conseguir los alimentos que consumiré durante la semana. Bien es cierto que no puedo comprar nada demasiado perecedero pues la casa carece de energía eléctrica. Solo cuenta con un viejo motor de gasoil alojado en la parte trasera de la casa que genera la corriente necesaria para encender una luz por la noche. Pero casi nunca lo uso. Me he acostumbrado a desperezarme con las primeras luces del alba, a veces antes, para acercarme hasta la cresta de la sierra que se alza a levante y se introduce en el mar propiciando la colocación del faro, que junto a la casita que hay debajo de él y la mía son las únicas edificaciones que se pueden ver en la zona. El amanecer desde la cresta de la sierra tiene una peculiaridad que le hace ser único entre los únicos que conozco. Mientras que mirando a levante se ve alzar un disco rojizo enorme, estallando su luz, a poniente se ve oscuramente la noche y al fondo el pueblo iluminado de bombillas.
Suelo salir todas las mañanas desde muy temprano a pasear por las calas de los alrededores y por esta misma playa. Las tardes las dedico a mi trabajo pero sin perder de vista ese mar azul y verde desde mi ventana. En mis recorridos he ido acaparando un sinfín de conchas marinas y de caracolas y de objetos que el mar ha ido trayendo hasta la playa desde los lugares más lejanos.
Lester hace lo mismo, a veces, buscando por la orilla algún opérculo perdido, algún guijarro con la forma adecuada al momento de la búsqueda, alguna caracola.
Comencé un día, y antes de la hora en que Lester solía salir, a colocar algunas de mis conchas y de mis caracolas y de los objetos que he ido robando al mar, frente a mi ventana, ligeramente escondidas entre la arena.
Así he conseguido que Lester cada mañana venga hasta justo enfrente de mi ventana para indagar tesoros, con un ramalazo de intriga sobre el extraño caso de que sea siempre en este punto donde encuentra las caracolas más bonitas. Nunca supo que era yo quien las ponía. Pero en cualquier caso, pienso, si lo hubiera adivinado hubiera dejado de obsequiarme con sus pesquisas en la playa justo enfrente de mi ventana de trabajo.
He venido a este remanso de olvido solo con la pretensión de escribir algo medianamente cercano a las exigencias de mi editor, ya que es él quien paga mis recibos varios (aunque no demasiado extensos.) Pero aún no he podido escribir nada que merezca la pena guardar en una carpeta. Solo vivo. Solo estoy pendiente del paso del tiempo. Me parece oír a cada momento moverse a Cronos, cuando cruje renqueando entre el silencio avejentando el mundo y se pasea delante de mí para acostarse en lo oscuro. Solo dejo de oírlo cuando me dilato en la contemplación de quien fui en este montón de rizos negros que se pasea por la playa.
Siempre he sido misántropo.
Nunca me he dejado arrastrar por la llamada del murmullo indescifrable de la gente que me rodea. Tanto es así que he recibido un par de premios en mi corta vida de escritor y no he sido capaz de ir a recogerlos. Siempre ha sido mi editor el encargado de hacerlo.
No sé hablar.
Si acaso, de vez en cuando, unos “buenos días” a alguien.
Hace tiempo que no veo a Lester. Espero que no le haya pasado nada al joven. Espero que el cielo no me prive de su ausente presencia.
Lester ha pasado hoy caminando cabizbajo frente a mi ventana haciendo caso omiso al tesoro que había escondido para él la noche anterior. Va con las manos en los bolsillos y su pelo siempre rizado tapándole los ojos. Lo veo caminar hasta desaparecer de mi campo de visión. Salgo a la puerta sigilosamente para poder observar su rumbo, su estado. Se ha parado a doscientos metros de mi casa y se ha sentado en un promontorio de arena protegido en su espalda por un médano. Lleva más de media hora en la misma postura y mirando siempre a la arena. Me acerco despacio hasta su altura intentando no espantarlo, disimulando, mirando al mar. Quedo quieto justo a la derecha del muchacho. Su espalda algo curvada hacia adelante empujada por la postura adoptada, sus hombros frágiles a punto de quebrarse. Pero no me mira. Intuyo en su postura una mirada triste que no veo. Siento desesperanza que me asfixia, que me inunda y me estremece a pesar del calor de la mañana. Me siento a su lado sin hablar. Estoy recibiendo cada vez más dolor, cada vez más rabia. No sé que le pasa, pero seguro que para él debe ser muy grave. No me mira. No me dice nada. No cambia el gesto. Pero poco a poco se va calmando la rabia que detecto, que me invade. Al cabo del tiempo se levanta y disimulando un reojo desaparece igualmente silencioso, igualmente encorvado, igualmente triste.
Esta mañana, al amanecer, me he acercado en mi cotidiano paseo hasta el faro. Es un recorrido que pocas veces hago, dado que me hace pasar cerca de la otra casa. Esta vez ha sido esa la intención de mi paseo. Las puertas y ventanas verdes de madera estaban cerradas. He seguido hasta el faro pero antes de llegar he visto su diminuta figura sentada en las rocas que sostienen la torre que se yergue a su espalda. He dado un rodeo sigiloso para poder verlo, emboscado en rocas como si de un ladrón hubiese libado el alma, pero era más fuerte mi curiosidad que mi decoro. Desde mi enroque lo he podido ver de más cerca, de perfil. Asía fuertemente entre las manos un mandil a cuadros verdes y rojos y la cara amargada en lágrimas. A su lado un ramito de flores silvestres de las que nacen al borde del camino de roca y polvo que se apresura hasta el pueblo. No he podido acercarme hasta él. No es que no haya querido romper su hechizado momento, no. La verdad es que me dio miedo lo que leí en su rostro, lo que me pudiera contar. Me fui de allí sigilosamente, cobardemente, en silencio, y volví girando el faro completo hasta la arena que me llevaría de nuevo a mi casa, a mi ventana.
En una de las raras ocasiones en que hablamos, me preguntó que hacia yo allí separado del mundo, que él cuando fuera mayor se iría a conocer gente. Le dije que era escritor y que escribía novelas y cuentos. Me dijo que su madre le había contado todos los cuentos que existían y que algunos de ellos hasta dos y tres veces. Le dije que no todo el mundo puede escribir cuentos. Me dijo que si él quisiera podría escribir cuentos. Le dije que para eso tendría que saber leer y escribir. Me dijo que él sabía, que su mamá y su abuela le habían enseñado de todo, hasta geografía. Le dije que entonces sí que podía, pero que había que tener mucha imaginación. Me dijo que él tenía mucha imaginación. Le dije que no solo bastaba eso porque en cualquier cuento siempre hay algo de las vivencias de cada uno. Me dijo que él tenía vivencias. Le dije que si era capaz de escribir un cuento ya estaría preparado para viajar y conocer gente. Me dijo que eso era muy fácil y que lo escribiría. Le dije que cuando lo escribiera que me lo trajera para leerlo. Me dijo que así lo haría.
Nunca pensé que esta conversación se me clavaría tan hondo, hasta el extremo de hacerme perder toda inspiración. De hacer tambalearse los cimientos de mi carrera tan estrictamente conservados tanto tiempo.
Un día, ya terminando el verano se acercó hasta mi puerta y sin mediar palabra alguna, y con una mirada que me hizo erizar el pelo me tendió un puñado de hojas de bloc meticulosamente arrancadas de su alambre. Tomé con mi mano el manuscrito y quedamos en esa postura, mirándonos a los ojos un millar de años. Soltó su mano y sin decir nada se dio la vuelta y comenzó a andar hacia su casa, hacia el faro.
No pude esperar más y leí el cuento que había escrito. Y lo leí incansablemente una y otra vez. Y cuando me acosté ya rendido de cansancio, no podía dormir. Y volví a encender el motor que da luz a mi única bombilla y debajo de ella estuve toda la noche releyéndolo.
No volvió. Ni ese día ni ninguno más. Al principio pensé que se avergonzaba del cuento y por esto no quería verme. Dejé pasar unos días que se convirtieron en semanas. Tímidamente paseaba hasta las cercanías de la otra casa y solo veía a una señora sentada en una silla verde de nea a la puerta de la casa con un cubo a su lado y las paredes extrañamente brillantes.
Me asaltó un presentimiento que me hizo helar el corazón y corriendo hasta mi casa releí de nuevo el cuento con la respiración asmática al borde de una crisis.
Lo entendí todo.
Corriendo de nuevo, haciendo caso omiso a lo que me habían dicho los médicos, fui a la otra casa. Antes de llegar tuve que parar porque no podía respirar bien y el último tramo hasta la puerta lo hice despacio intentando controlar el galope de mi respiración.
Llegué al lado de la señora que había en la puerta sentada en su silla de nea verde que no me miró. Me senté a su lado y le pregunté por el niño, le pregunté por el farero. Le pregunté por la sierra. No me miró. No articuló ninguna palabra. Solo miraba al mar allí enfrente. No hizo falta que me dijera nada. De pronto lo comprendí todo supe más del muchacho que en el poco tiempo que había pasado con él y el mucho tiempo que había dedicado a observarlo.
Me levanté despacio, con todo el peso de mi vida por primera vez sobre mis hombros, y me alejé de Dolores.
Una última mirada a la casa que resplandecía con el brillo de sus paredes mojadas.
A medio camino volví la vista atrás y observé como Dolores cruzaba la arena hasta el mar con su cubo en la mano.
No he querido cambiar ni una palabra del cuento que transcribo, el cuento de Lester, su primer cuento.
MI PRIMER CUENTO
Había una vez una mamá que aún no lo era, pero que lo sería con el tiempo y que se llamaba Maria del Mar.
Vivía en un cortijo en la sierra con su papá que se llamaba Lester porque había nacido en Cuba y su mamá que se llamaba Dolores y con su abuela que también se llamaba Dolores y tenía un moño blanco, y que era preciosa.
Por las tardes, cuando oscurecía se sentaban todos en la cocina, donde había una chimenea con lumbre y se contaban cosas de risa, y se reían mucho, y se contaban cosas de miedo, y a la mamá que aún no era mamá, le daba mucho miedo y no podía dormir por la noche en su cama, y se iba a la cama de sus papás, y ellos la dejaban quedarse mientras se reían mucho.
Un día llegó hasta el cortijo un hombre guapo y fuerte que se llamaba Gregorio y que llevaba una mochila en la espalda y barba y que se reía cada dos por tres. Les pidió que le dieran algo de comer y los padres de la mamá que aun no era mamá le sacaron morcilla y salchichón y longaniza, y butifarra, y una botella de zurrapa, y se sentaron con él en la cocina viéndolo comer y oyendo todas las historias que contaba el hombre con mochila. Les contó que tenía un faro y que vivía al lado del mar y que los sábados se iba al pueblo que hay cerca del faro y que se divertía mucho, y que había baile y que un día ganó una apuesta a ver quien nadaba más deprisa. Y la abuela con moño les contó que antes, mucho antes que naciera la mamá que aun no lo era, los muchachos del pueblo vecino se iban a hacer la Francia, para recoger uvas porque en Francia no había gente que supiera cogerlas y que las madres y las novias les cantaban una canción que yo me sé y que dice así :
El día que te vayas
Para que vuelves
Te indicará el camino
La cima con sus nieves.
Y si es verano,
Para que vuelves,
Mancharé de sal
La cal de las paredes.
Se rieron toda la tarde y la mamá que aun no era mamá también se rió mucho y el hombre con mochila la miraba mucho y la mamá que aun no era mamá también lo miraba mucho a él. Y esto de tanto mirarse que se enamoraron y se casaron.
El hombre de la mochila se llevó a la mamá que aun no lo era a su faro junto al mar para vivir juntos porque se habían casado en el pueblo que hay cerca del cortijo de la sierra. Pero la mamá que aun no era mamá estaba triste porque echaba de menos a sus padres y a sus animales y a sus amigas del pueblo de al lado.
Así que un buen día se fue dejando sus quehaceres en el faro y andando y sin saber como hacerlo se fue a su casa. Ella sabía que estaba en la sierra y que había nieve en la cima de la montaña que está detrás de su cortijo. Andando llegó hasta muy cerca de la nieve que veía, pero se desfalleció y se cayó por un barranco y se hizo muchas heridas con las piedras y los cardos que había en el barranco y la guardia civil la encontró y la llevo hasta el cortijo porque ella les dijo donde vivía y sus padres se asustaron mucho y le dieron muchos besos.
Desde entonces ya no se reía tanto, aunque un poco sí, en las tardes de chimenea y tampoco se asustaba con las historias de la abuela con moño y del papá Lester. Su mamá tampoco se reía y siempre estaba a su lado o cerca y siempre la miraba de reojo. Hasta que un día llegó el hombre con mochila y entre la mamá Dolores y el hombre con mochila la convencieron para irse de nuevo hasta la playa donde estaba el faro, y la mamá que aun no lo era dijo que sí pero que no quería estar sin su mamá, entonces la mamá Dolores dijo que se iba con ella un tiempo.
Cuando estaba en el faro la mamá que aun no era dejo de ser la que aun no era y tuvo un hijo que se llama Lester por el abuelo Lester.
Y pasaban temporadas en la playa del faro y temporadas en el cortijo de la sierra porque la mamá que ya si lo era estaba cada día más y más triste.
Así pasaron muchos muchos años hasta que el hijo Lester se hizo un hombre y hasta lo dejaba su papá Gregorio ayudarle en los menesteres del faro. Esto es lo que más le gustaba al hijo Lester porque no tenía nada que hacer sino esto y estudiar las palabras y las letras y la geografía que entre la abuela Dolores y la mamá que ya sí lo era le hacían aprender “para que se hiciera un hombre” decían.
Al final la mamá, dicen, se cayó desde el faro hasta las rocas que hay debajo, pero yo creo que es que estaba muy triste, y el hijo Lester todos los días se sentaba en una roca justo al lado de donde cayó su mamá y le cogía flores amarillas y se las ponía en donde cayó y hablaba con ella mucho rato.
Cuando Lester se hizo hombre se fue a conocer gente, a la gente que su mamá había conocido cuando se reía.
Espero que entiendas la decisión que acabo de tomar aunque vaya en detrimento de las cláusulas del contrato que tenemos establecido.
No me es posible acabar en tiempo y forma la novela que me encomendaste. Es como si se hubiera esfumado de mí cualquier atisbo de imaginación, si es que en algún momento la tuve. Dudo de mi capacidad como escritor y de mi propia vida. En realidad dudo de la vida en sí, de Dios y de la gente. Bien sabes, me conoces lo suficiente, que esta decisión la tomo por alguna causa justificada. No pretendo nada con ello y entenderé que des por concluido nuestro contrato.
No espero nada del mundo ni de nadie, ni incluso de ti que eres posiblemente la única persona con la que he podido hablar desde hace muchos años. Solo espero que me comprendas y para ello te mando este relato de mi estancia en la casita de la playa que tan amablemente me proporcionaste.
Reconocerás conmigo que debo ir a buscarlo a la sierra aunque esto sea lo último que haga en mi vida dada el asma que me consume. Debo ir a buscarlo, porque de alguna manera, si lo encuentro, me encontraré a mí.
No espero noticias tuyas porque no te diré donde estoy.
Necesito mi tiempo para otras cosas que no para escribir o leer cartas de nadie. No las esperes de mí tu tampoco.
Si vuelvo, te lo haré saber.
Un abrazo
José
Aquel día llegó hasta la puerta de mi casa gritándome “¡Abre, abre!, Rápido!- Alarmado me levanté de mi rutinario lugar de trabajo y fui hacia la puerta lo más deprisa que pude. Entrecortadamente me puso en antecedentes: - Hay una terrible pelea entre dos seres enormes en la playa, ven corriendo- Mientras decía esto me tomó de la mano y me arrastró hacia las dunas que se extienden playa arriba. En un momento determinado me soltó la mano y se avezó a correr mientras yo lo seguía como podía. Al llegar a un promontorio de la duna más cercana se paró y despacio y silenciosamente se arrodilló sobre la arena y quedó observando. Cuando llegué a su altura hice lo mismo que le había visto hacer a él y las vi. Eran dos enormes hormigas luchando entre sí. “No podemos dejarlas que se maten así, tenemos que hacer algo” me dijo mientras me miraba con un ruego en sus ojos que en cualquier caso fue lo más cerca que estuvo de pedirme algo. Lo entendí y con una ramita las separé con cuidado de no lastimar a ninguna de ellas
Lester es un niño de entrada la tarde.
Solía verlo en cualquier época del año paseando por las blancas arenas de la playa que dormita tras mi ventana. Siempre solo, o al menos eso pensaba yo entonces, pero más tarde, con el paso del tiempo, cuando supe algo de él, me di cuenta que jamás había estado solo. Un sinfín de amigos imaginarios lo habían rodeado desde siempre y siempre iban con él a todas partes.
Lester tiene dos simas profundas y negras como el carbón desde donde escruta su alrededor, y dos hoyos repartidos a cada lado de su movida cara que pronuncia a placer mediante muecas dirigidas, seguro, a esos monstruos a los que rechaza con su arma de madera rescatada al mar.
A veces se pasaba horas mirando al mar, estático frente a él, hasta que el sol desaparecía detrás de aquella línea recta que se divisa al fondo haciendo explotar la tarde en colores mientras sus pies descalzos eran lamidos por la espuma blanca.
Lester aun no tenía novia, eso y todo que las mujeres que a veces y raramente se dejaban ver por la playa se detenían a verlo y a sonreírle y a tocarlo. Pero él no quería saber nada de ellas y les lanzaba secretas advertencias desde su mirada negra.
A veces salía de paseo en su brioso caballo de caña, al que espoleaba rabiosamente hasta caer rendido en la arena. A veces su caballo se convertía en espada con la que atacaba furiosamente a las olas que pretendían subir por sus piernas.
Cuando me detectaron el asma que me anula, me trasladé por prescripción facultativa a esta casita al borde del mar. El camino para llegar es escarpado en ausencia de firmes convencionales. Cada lunes me acerco en el coche hasta el pueblo vecino para allí conseguir los alimentos que consumiré durante la semana. Bien es cierto que no puedo comprar nada demasiado perecedero pues la casa carece de energía eléctrica. Solo cuenta con un viejo motor de gasoil alojado en la parte trasera de la casa que genera la corriente necesaria para encender una luz por la noche. Pero casi nunca lo uso. Me he acostumbrado a desperezarme con las primeras luces del alba, a veces antes, para acercarme hasta la cresta de la sierra que se alza a levante y se introduce en el mar propiciando la colocación del faro, que junto a la casita que hay debajo de él y la mía son las únicas edificaciones que se pueden ver en la zona. El amanecer desde la cresta de la sierra tiene una peculiaridad que le hace ser único entre los únicos que conozco. Mientras que mirando a levante se ve alzar un disco rojizo enorme, estallando su luz, a poniente se ve oscuramente la noche y al fondo el pueblo iluminado de bombillas.
Suelo salir todas las mañanas desde muy temprano a pasear por las calas de los alrededores y por esta misma playa. Las tardes las dedico a mi trabajo pero sin perder de vista ese mar azul y verde desde mi ventana. En mis recorridos he ido acaparando un sinfín de conchas marinas y de caracolas y de objetos que el mar ha ido trayendo hasta la playa desde los lugares más lejanos.
Lester hace lo mismo, a veces, buscando por la orilla algún opérculo perdido, algún guijarro con la forma adecuada al momento de la búsqueda, alguna caracola.
Comencé un día, y antes de la hora en que Lester solía salir, a colocar algunas de mis conchas y de mis caracolas y de los objetos que he ido robando al mar, frente a mi ventana, ligeramente escondidas entre la arena.
Así he conseguido que Lester cada mañana venga hasta justo enfrente de mi ventana para indagar tesoros, con un ramalazo de intriga sobre el extraño caso de que sea siempre en este punto donde encuentra las caracolas más bonitas. Nunca supo que era yo quien las ponía. Pero en cualquier caso, pienso, si lo hubiera adivinado hubiera dejado de obsequiarme con sus pesquisas en la playa justo enfrente de mi ventana de trabajo.
He venido a este remanso de olvido solo con la pretensión de escribir algo medianamente cercano a las exigencias de mi editor, ya que es él quien paga mis recibos varios (aunque no demasiado extensos.) Pero aún no he podido escribir nada que merezca la pena guardar en una carpeta. Solo vivo. Solo estoy pendiente del paso del tiempo. Me parece oír a cada momento moverse a Cronos, cuando cruje renqueando entre el silencio avejentando el mundo y se pasea delante de mí para acostarse en lo oscuro. Solo dejo de oírlo cuando me dilato en la contemplación de quien fui en este montón de rizos negros que se pasea por la playa.
Siempre he sido misántropo.
Nunca me he dejado arrastrar por la llamada del murmullo indescifrable de la gente que me rodea. Tanto es así que he recibido un par de premios en mi corta vida de escritor y no he sido capaz de ir a recogerlos. Siempre ha sido mi editor el encargado de hacerlo.
No sé hablar.
Si acaso, de vez en cuando, unos “buenos días” a alguien.
Hace tiempo que no veo a Lester. Espero que no le haya pasado nada al joven. Espero que el cielo no me prive de su ausente presencia.
Lester ha pasado hoy caminando cabizbajo frente a mi ventana haciendo caso omiso al tesoro que había escondido para él la noche anterior. Va con las manos en los bolsillos y su pelo siempre rizado tapándole los ojos. Lo veo caminar hasta desaparecer de mi campo de visión. Salgo a la puerta sigilosamente para poder observar su rumbo, su estado. Se ha parado a doscientos metros de mi casa y se ha sentado en un promontorio de arena protegido en su espalda por un médano. Lleva más de media hora en la misma postura y mirando siempre a la arena. Me acerco despacio hasta su altura intentando no espantarlo, disimulando, mirando al mar. Quedo quieto justo a la derecha del muchacho. Su espalda algo curvada hacia adelante empujada por la postura adoptada, sus hombros frágiles a punto de quebrarse. Pero no me mira. Intuyo en su postura una mirada triste que no veo. Siento desesperanza que me asfixia, que me inunda y me estremece a pesar del calor de la mañana. Me siento a su lado sin hablar. Estoy recibiendo cada vez más dolor, cada vez más rabia. No sé que le pasa, pero seguro que para él debe ser muy grave. No me mira. No me dice nada. No cambia el gesto. Pero poco a poco se va calmando la rabia que detecto, que me invade. Al cabo del tiempo se levanta y disimulando un reojo desaparece igualmente silencioso, igualmente encorvado, igualmente triste.
Esta mañana, al amanecer, me he acercado en mi cotidiano paseo hasta el faro. Es un recorrido que pocas veces hago, dado que me hace pasar cerca de la otra casa. Esta vez ha sido esa la intención de mi paseo. Las puertas y ventanas verdes de madera estaban cerradas. He seguido hasta el faro pero antes de llegar he visto su diminuta figura sentada en las rocas que sostienen la torre que se yergue a su espalda. He dado un rodeo sigiloso para poder verlo, emboscado en rocas como si de un ladrón hubiese libado el alma, pero era más fuerte mi curiosidad que mi decoro. Desde mi enroque lo he podido ver de más cerca, de perfil. Asía fuertemente entre las manos un mandil a cuadros verdes y rojos y la cara amargada en lágrimas. A su lado un ramito de flores silvestres de las que nacen al borde del camino de roca y polvo que se apresura hasta el pueblo. No he podido acercarme hasta él. No es que no haya querido romper su hechizado momento, no. La verdad es que me dio miedo lo que leí en su rostro, lo que me pudiera contar. Me fui de allí sigilosamente, cobardemente, en silencio, y volví girando el faro completo hasta la arena que me llevaría de nuevo a mi casa, a mi ventana.
En una de las raras ocasiones en que hablamos, me preguntó que hacia yo allí separado del mundo, que él cuando fuera mayor se iría a conocer gente. Le dije que era escritor y que escribía novelas y cuentos. Me dijo que su madre le había contado todos los cuentos que existían y que algunos de ellos hasta dos y tres veces. Le dije que no todo el mundo puede escribir cuentos. Me dijo que si él quisiera podría escribir cuentos. Le dije que para eso tendría que saber leer y escribir. Me dijo que él sabía, que su mamá y su abuela le habían enseñado de todo, hasta geografía. Le dije que entonces sí que podía, pero que había que tener mucha imaginación. Me dijo que él tenía mucha imaginación. Le dije que no solo bastaba eso porque en cualquier cuento siempre hay algo de las vivencias de cada uno. Me dijo que él tenía vivencias. Le dije que si era capaz de escribir un cuento ya estaría preparado para viajar y conocer gente. Me dijo que eso era muy fácil y que lo escribiría. Le dije que cuando lo escribiera que me lo trajera para leerlo. Me dijo que así lo haría.
Nunca pensé que esta conversación se me clavaría tan hondo, hasta el extremo de hacerme perder toda inspiración. De hacer tambalearse los cimientos de mi carrera tan estrictamente conservados tanto tiempo.
Un día, ya terminando el verano se acercó hasta mi puerta y sin mediar palabra alguna, y con una mirada que me hizo erizar el pelo me tendió un puñado de hojas de bloc meticulosamente arrancadas de su alambre. Tomé con mi mano el manuscrito y quedamos en esa postura, mirándonos a los ojos un millar de años. Soltó su mano y sin decir nada se dio la vuelta y comenzó a andar hacia su casa, hacia el faro.
No pude esperar más y leí el cuento que había escrito. Y lo leí incansablemente una y otra vez. Y cuando me acosté ya rendido de cansancio, no podía dormir. Y volví a encender el motor que da luz a mi única bombilla y debajo de ella estuve toda la noche releyéndolo.
No volvió. Ni ese día ni ninguno más. Al principio pensé que se avergonzaba del cuento y por esto no quería verme. Dejé pasar unos días que se convirtieron en semanas. Tímidamente paseaba hasta las cercanías de la otra casa y solo veía a una señora sentada en una silla verde de nea a la puerta de la casa con un cubo a su lado y las paredes extrañamente brillantes.
Me asaltó un presentimiento que me hizo helar el corazón y corriendo hasta mi casa releí de nuevo el cuento con la respiración asmática al borde de una crisis.
Lo entendí todo.
Corriendo de nuevo, haciendo caso omiso a lo que me habían dicho los médicos, fui a la otra casa. Antes de llegar tuve que parar porque no podía respirar bien y el último tramo hasta la puerta lo hice despacio intentando controlar el galope de mi respiración.
Llegué al lado de la señora que había en la puerta sentada en su silla de nea verde que no me miró. Me senté a su lado y le pregunté por el niño, le pregunté por el farero. Le pregunté por la sierra. No me miró. No articuló ninguna palabra. Solo miraba al mar allí enfrente. No hizo falta que me dijera nada. De pronto lo comprendí todo supe más del muchacho que en el poco tiempo que había pasado con él y el mucho tiempo que había dedicado a observarlo.
Me levanté despacio, con todo el peso de mi vida por primera vez sobre mis hombros, y me alejé de Dolores.
Una última mirada a la casa que resplandecía con el brillo de sus paredes mojadas.
A medio camino volví la vista atrás y observé como Dolores cruzaba la arena hasta el mar con su cubo en la mano.
No he querido cambiar ni una palabra del cuento que transcribo, el cuento de Lester, su primer cuento.
MI PRIMER CUENTO
Había una vez una mamá que aún no lo era, pero que lo sería con el tiempo y que se llamaba Maria del Mar.
Vivía en un cortijo en la sierra con su papá que se llamaba Lester porque había nacido en Cuba y su mamá que se llamaba Dolores y con su abuela que también se llamaba Dolores y tenía un moño blanco, y que era preciosa.
Por las tardes, cuando oscurecía se sentaban todos en la cocina, donde había una chimenea con lumbre y se contaban cosas de risa, y se reían mucho, y se contaban cosas de miedo, y a la mamá que aún no era mamá, le daba mucho miedo y no podía dormir por la noche en su cama, y se iba a la cama de sus papás, y ellos la dejaban quedarse mientras se reían mucho.
Un día llegó hasta el cortijo un hombre guapo y fuerte que se llamaba Gregorio y que llevaba una mochila en la espalda y barba y que se reía cada dos por tres. Les pidió que le dieran algo de comer y los padres de la mamá que aun no era mamá le sacaron morcilla y salchichón y longaniza, y butifarra, y una botella de zurrapa, y se sentaron con él en la cocina viéndolo comer y oyendo todas las historias que contaba el hombre con mochila. Les contó que tenía un faro y que vivía al lado del mar y que los sábados se iba al pueblo que hay cerca del faro y que se divertía mucho, y que había baile y que un día ganó una apuesta a ver quien nadaba más deprisa. Y la abuela con moño les contó que antes, mucho antes que naciera la mamá que aun no lo era, los muchachos del pueblo vecino se iban a hacer la Francia, para recoger uvas porque en Francia no había gente que supiera cogerlas y que las madres y las novias les cantaban una canción que yo me sé y que dice así :
El día que te vayas
Para que vuelves
Te indicará el camino
La cima con sus nieves.
Y si es verano,
Para que vuelves,
Mancharé de sal
La cal de las paredes.
Se rieron toda la tarde y la mamá que aun no era mamá también se rió mucho y el hombre con mochila la miraba mucho y la mamá que aun no era mamá también lo miraba mucho a él. Y esto de tanto mirarse que se enamoraron y se casaron.
El hombre de la mochila se llevó a la mamá que aun no lo era a su faro junto al mar para vivir juntos porque se habían casado en el pueblo que hay cerca del cortijo de la sierra. Pero la mamá que aun no era mamá estaba triste porque echaba de menos a sus padres y a sus animales y a sus amigas del pueblo de al lado.
Así que un buen día se fue dejando sus quehaceres en el faro y andando y sin saber como hacerlo se fue a su casa. Ella sabía que estaba en la sierra y que había nieve en la cima de la montaña que está detrás de su cortijo. Andando llegó hasta muy cerca de la nieve que veía, pero se desfalleció y se cayó por un barranco y se hizo muchas heridas con las piedras y los cardos que había en el barranco y la guardia civil la encontró y la llevo hasta el cortijo porque ella les dijo donde vivía y sus padres se asustaron mucho y le dieron muchos besos.
Desde entonces ya no se reía tanto, aunque un poco sí, en las tardes de chimenea y tampoco se asustaba con las historias de la abuela con moño y del papá Lester. Su mamá tampoco se reía y siempre estaba a su lado o cerca y siempre la miraba de reojo. Hasta que un día llegó el hombre con mochila y entre la mamá Dolores y el hombre con mochila la convencieron para irse de nuevo hasta la playa donde estaba el faro, y la mamá que aun no lo era dijo que sí pero que no quería estar sin su mamá, entonces la mamá Dolores dijo que se iba con ella un tiempo.
Cuando estaba en el faro la mamá que aun no era dejo de ser la que aun no era y tuvo un hijo que se llama Lester por el abuelo Lester.
Y pasaban temporadas en la playa del faro y temporadas en el cortijo de la sierra porque la mamá que ya si lo era estaba cada día más y más triste.
Así pasaron muchos muchos años hasta que el hijo Lester se hizo un hombre y hasta lo dejaba su papá Gregorio ayudarle en los menesteres del faro. Esto es lo que más le gustaba al hijo Lester porque no tenía nada que hacer sino esto y estudiar las palabras y las letras y la geografía que entre la abuela Dolores y la mamá que ya sí lo era le hacían aprender “para que se hiciera un hombre” decían.
Al final la mamá, dicen, se cayó desde el faro hasta las rocas que hay debajo, pero yo creo que es que estaba muy triste, y el hijo Lester todos los días se sentaba en una roca justo al lado de donde cayó su mamá y le cogía flores amarillas y se las ponía en donde cayó y hablaba con ella mucho rato.
Cuando Lester se hizo hombre se fue a conocer gente, a la gente que su mamá había conocido cuando se reía.
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