miércoles, 22 de julio de 2009

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(El principio del fin)

Es curiosa la forma en que el destino, o el azar, te pone en camino de no-se-sabe-que que en principio supone la nada, pero que va enrevesandose hasta conformar el centro de tu centro, de tus alegrías, de tus desesperanzas, de tus lagrimas. Es claro que no todos los encuentros te llevan a ello. Solo aquello que, por raro, mordaz, bonito, triste, o un olor, o un pergamino que se resquebraja y su sonido alimenta adormecidos recuerdos de nunca, o un sabor que alimenta la esperanza perdida de encuentros que satisfagan tu imperiosa necesidad de algo nuevo, o ese tacto que impregna la yema de tus dedos de calor y de frío, de polvo rancio y nítidas superficies, o una mirada conturbada ante la explosión que experimentas ante un grafismo nuevo, o un reto a la expresión, o un abultado apéndice.

Cuando las sensaciones, la relación de todos los sentidos confluyen en un punto en que tu estática laxitud te confiere la negativa estancia en el proceloso mar de la abulia, del dejar pasar todo aquello que podrías tomar, solo por el hecho de “ser consciente” de que tu has nacido para satisfacer y no ser satisfecho, para dar y no recibir, solo entonces estas abierto, expectante a ese confluir de sentidos que arrebatan el sentimiento al mundo, a la vida, y te llenas. Solo un problema, al final caes de nuevo en tu pragmática casuística, en tu devenir conformado... Pero eso fue mucho después...

El papiro lo encontré un día cualquiera, hace aproximadamente un año.
Acostumbraba a salir con amigos conformados que no confirmantes.
Asistíamos, como si de un rito, por la costumbre, se tratase a periódicas cenas en los restaurantes más señalados de la ciudad.
Tras la ingestión, acostumbrábamos a dar una vuelta por los círculos, ya manidos, foros, ora de triviales conversaciones, ora tensas, ora filosóficas...
De una de ellas, recuerdo, salió la carta magna de los pilares fundamentales de la relación de pareja. Los cuatro pilares fundamentales de la misma.
Estas reuniones de fin de semana, sentados al amor de la noche, y de la música, fueron apartándome de la realidad, de una realidad deseada y ya labrada de años y años de convivencia y me arrojaba a aquella otra realidad de soledad, de estorbo.
Ocurrió un día cualquiera.
Vi pasar a alguien acompañado de alguien que portaba bajo su brazo un papel enrollado. Acostumbrado como estaba a ver pasar mil gentes con las cosas más dispares bajo el brazo, que prácticamente no presté la atención debida. Fue más tarde cuando recapitulé y comprendí que desde aquel día quedé expectante, con la sensación de haber encontrado misterio. Ese misterio que haría explotar lo no vivido. Como digo, no presté atención al papel enrollado. Era en principio uno más de los artilugios que cada uno lleva escondido bajo su sobaco. Habían, aquel que portaba una maquina de escribir y que nunca me produjo sensación que prestara a mi necesidad conturbe alguno. Aquel otro que llevaba un pan y un pollo asado y se paseaba con el sobaco lleno de grasa en su grasienta ansia de no perder posiciones. Había aquel que portaba banderas, significando así una direccionalidad nada apetecida por mi necesidad. Había aquel que apretaba en su sobaco una gran barra de hielo que jamás se derretía bajo su brazo. O aquel que chamuscado en brasero encendido, moría lentamente en su ardor. ¿libros?, ¿folios?, ¿enormes lapiceros?... todos, todos y cada uno de ellos portaban algo bajo su brazo. Yo, mi abulia, mi conformismo, mi negación a la vida, mi plumbica estancia, reunidas todas en mi necesidad.
Solo ocurrió porque sí. Aquel papel enrollado con protuberancias manifiestas bajo un brazo de cuello erguido asombrado por apéndices de firme personalidad, de mirada de asombro en la distancia, de marcados pómulos en rayas de sol. Aquel DIN A1 enrollado, iluminó la terraza escasa de luz, aumentó la temperatura y desapareció tras las puertas que encierran la fuerte música. Fugaz rayo que de calor y de luz descansó en su propio rescoldo que en mí improntó.
¿Por qué ese papiro? ¿Que contendrá? ¿que será aquello que tormentas desata y por qué?. Debo leerlo. Alguna vez me ha pasado, alguna vez. Pero siempre se ha quedado en rescoldo. Igual que aquella vez. Pero aquella vez pude ver el color de su luz, y la bebí, y fue ese color nuevo y esa curiosidad que te concentra en el estadio de la necesidad.
Todo el mundo necesita. Todo el mundo busca desesperadamente su papiro, su televisor, su máquina de escribir, también, por qué no, su pollo asado y su pan. Todo el mundo busca su luz, la luz que ensombrece a la claridad y al propio sol y que ciega en espanto y en locura a todo lo discernible. Una luz que rompe la ecuanimidad y se sumerge en vivencias no vividas, en éxtasis inexplorados, en sabias deducciones que se desmoronan. En todo aquello que libera tu propia libertad y que por ello mismo te coarta y te encierra en el miedo de la posibilidad.
Y fue ese color, mezcla de azules y de rojos y de nítidos blancos. Y era blanco, pero rojo, pero azul, pero no... Era ese indefinido color que un ciego de nacimiento definiría como el color más bonito del mundo.
Ese color fue difuminandose a lo largo de la semana. Desapareció de mi. Abandonó mi espíritu el ansia loca, indescriptible, de leer ávidamente el, sin duda, manuscrito encerrado en aquel sobaco. Esa luz cegadora adormeció con mi deseo en el estatus que confiere el lento morir día a día y desapareció.
Dos semanas más en el recuerdo cuasi huido. Dos semanas más que busco los cotisemanales foros de tertulia, de tedio, de abulico desespero de mi mismo. Dos semanas en que la cena se me hace interminable y en que la nostalgia de nada se apodera de mi. Dos semanas en que prendo pronta prisa con mi sentido y con mi necesidad la característica de mil sobacos portando sus dictáfonos, sus pañuelos de seda, sus hijos, sus putas, sus dientes deformes, sus palas y picos...
Dos semanas y...
Sentados. La exigüe luz acariciándonos. La noche apresada en la palabra, en la cerveza, en el cubata. El humo anochece aun más a la noche. Desgrana Cronos su imparable melodía ignorando las prisas y las risas, ayudando a que el destino se cumpla. Mil sobacos se abren paso entre mil sobacos entrechocando los portentos de su vida venidos al objeto que aprisionan entre su brazo y su cuerpo. Chocan. Sonidos de metal, y de ropas usadas, y de finos linos, y de nostalgias, y de cueros, y de miedos, y de pomposidades, y de frío, y de pollos asados, y de nada... Y mi necesidad sigue oscura en su larga, ya, noche. Nada alerta mis sentidos ni aporta nada nuevo a mi necesidad que muere en mi sobaco.
Cronos, con el destino bajo su brazo, ha desgranado ya las horas que faltan para el encuentro. Una sutil, leve, luz azul y roja y blanca comenzó abatiendo la noche desde la esquina de las putas, haciendo que despierte la necesidad que duerme en mi sobaco y que rompa las cadenas de su cuasi extinto pálpito, que empuja al brazo, que enciende los ojos, que gira la cabeza, que mira y ve. Y viene chocando papel enrollado contra pijerio, contra antidepresivos, contra hija. Mi necesidad confundida por el mágico destino, reconoce en aquel sobaco un antidepresivo conocido que le habla de barcos y de despachos oficiales, y en aquel otro una hija que le habla de color amarillo, de extranjero, de vídeo perdido, de frustración. Ambos sobacos han tenido contacto con mi necesidad en tiempos pasados. Han compartido tiempo y espacio. Y se han hablado, y se han consolado.
Tengo la posibilidad de rozarme con la luz del papiro. Y corazón de sobaco soporta alado su paso y su saludo. Y la mirada, ciega de color, y de azul, y de rojo, y de blanco, siembra su ceguera en el oído y hace que le repitan una y otra vez las preguntas en la tediosa tertulia.
¡LEVÁNTATE!
Y sigues sentado, mientras Cronos se te acerca y entrechoca su destino con tu necesidad.
“Recuerdas la última película de bardem???”
¡LEVÁNTATE!
Y sigues sentado mientras Cupido va matando lentamente tu necesidad.
“Pues a mi me impresionó Blas de Otero en su Son Entero”
¡LEVÁNTATE!
Y sigues sentado mientras Eolo te trae de otros tiempos la frase “Carpe Diem”
“Por cierto que he hecho un panegírico a Milán Kundera”
¡LEVÁNTATE!
Y sigues sentado mientras Cancerbero, inconstante, abre y cierra sus puertas dando su último aviso, mientras que tú no sabes si estás dentro y debes salir, o si estas fuera y debes entrar. Es muy poco tiempo el que la mantiene abierta. Ya no atiendes preguntas. Ya no esperas respuestas. Solo una obsesión: entrar, salir. Cualquiera de las dos opciones te lleva a un cambio. Han pasado casi dos milésimas de segundo de dudas, de intrigas, de acelerado pulso de sobaco.
Y te levantas.
Y te acercas a la puerta que oculto Cancerbero se apresta a abrir y a cerrar en continua prisa, con la sonrisa cómplice que recuerda a Cronos.
Y penetras en el ruido, en la alta música, en la noche d dentro, en el humo, en el alcohol.
Y miras, y tu mirada, directa saeta, fija presta pronta su prisa en presa que acepta apoyo de barra a tu derecha. Y rozas tu necesidad contra gestos, mímicas, desconcierto, pábulo, ruina, miedo, alcohol, angostura, mecánica... hasta llegar a la barra en que solícito solicitas, silente misterio, migajas de conocimiento que prendan prendas que en permiso devenidas, hagan florecer espacios en su luz y permitan acercamiento confuso de lectura de necesidad contra pergamino hermético.
“pergamino, aquí necesidad, necesidad, aquí pergamino”
Y queda todo para ti.
Queda todo en la ancha franja que denota deseo de nunca fuga, y de fuego, y de misterio, y de risa, y de contacto de apéndices, y de níveos colores. Y presuntas las manos se juntan al humo, y los pelos discordian pareceres, y las palabras sueñan su sueño adormecidas en la mirada en la mirada, y la inútil nostalgia cuando la presencia es cuerpo irrumpe en el trazo y desboca alma contra papiro, fuego contra alma, ramas de ancestros contra fuego. Fulguran los colores, rojo, blanco, azul, contra la necesidad que flirtea con los primeros renglones del papiro.
Amo tu nariz.
La necesidad confunde el verbo, y este se justifica en ausencia del tiempo. Cronos, realizado su trabajo, sigue silente su misterio. Pero estas solo. Dependes de ti. Y aún a penas has descifrado el primer renglón de su papiro: “Me llamo....” Tu ansia explota e improntas la velocidad que tu propia necesidad te infiere, y abrupto esqueje de eructo de prisa, acometes ya nostalgia, ya ansia, ya necesidad, ya amor. La ilógica de la sinceridad contra papiro incierto. Doblegas tu espíritu, tu fuerza, tu karma, en atrevidas, osadas, desordenadas conjugaciones y explotan en un final indefinido.
Papiro en indefensa espera entreabre quemadas esquinas, indeleble tinta, difuminada luz externa contrastando con la cegante luz que desprende, imposibilita acercamientos de lectura, que no por menos intuidas, menos desesperadas.
Y deviene el final en la última pregunta.
Y viene el principio de mi huida ante al apagón de su luz y su papiro.
Ya desaparecen sus blancos, sus azules y sus rojos, y espalda contra pecho, desaparece en fragor de palabras mientras entrechocan papiro y pijeria y antidepresivos.
“¿ Y estas con......?
“ Con ella.”
Y todo se acaba. Y se calla la música. Y desaparece el humo. Y Cancerbero se encoge de hombros mientras te deja paso.
Y..............
“¿Por donde vamos?, me he quedado en Bardem...”
Mientras tu mente se cierra en truenos y brazos de barro te recorren en tu noche. Pupilas, ya casi ciegas por la negativa de los párpados a perder

viernes, 17 de julio de 2009

EL BURDEL

E L B U R D E L


Este sábado, como de costumbre, nos reunimos los de siempre, esta vez en casa de Fernando. Al punto de las bebidas fuertes y del tabaco continuado, la conversación se deslizó por la afilada línea que separa la confidencia del debate. En este punto alguien me preguntó:
-- ¿ Y tú, alguna experiencia que contar sobre burdeles?
Sonreí beatíficamente para dejar constancia de mi total ausencia de experiencia alguna en este sentido, sin dejar por ello de reverdecer mi ya casi olvidada, y primera, y única experiencia en lo más parecido a un burdel. Mi primer encuentro con este submundo y su luz roja y oscura.
Mi trabajo en la Central de Correos, me liberaba postrado ya el sol, y tras un rocambolesco cambio de medios de locomoción, y al vómito del último autobús, asistía a la vida que llena a estas horas la Rambla.
Como de costumbre me acerqué al banco que queda más cerca de la pensión donde habitaba, en el que, y desde el que deslizaba la mirada y casi a partes iguales por el libro que leía y la gente que pasaba, a la que mentalmente le iba poniendo nota por su forma de vestir, o de andar, o por su belleza, o en casos particulares por sus culos y sus tetas.
Me sentí al momento desconcertado y asombrado al ver pasar por la acera cercana, y bajo los soportales a Alberto que andaba a buen paso.
Alberto fue un compañero de trabajo que vivía al otro lado de la ciudad, a escasos metros de la Central de Correos, y que siempre se escandalizaba cuando me oía comentar mis paseos nocturnos por la Rambla. Siempre decía que pasear por la Rambla de noche, era cuando menos un suicidio frustrado.
Me levanté súbito y alzando la mano que aferraba el libro, intenté, sin conseguirlo, llamar su atención. Comencé a correr en su dirección, pero sin saber por qué, o sí, pero sin querer admitir el morbo que suscitaba en mí su presencia en este lugar, comencé a seguirlo desde lejos. Pensaba desvelar algún secreto nunca revelado en nuestras conversaciones en el trabajo. Lo seguí por aquella acera que parecía no pertenecer a la Rambla. Vi como se paraba ante un pintor de la noche y conversar con él larguísimos minutos. Disimulé acercándome a un kiosco de prensa, y con una revista en la mano, y dividiendo los ojos, uno en la revista y otro en la escena que me ocupaba, terminó su conversación y siguió su recorrido acelerado torciendo en una callejuela. Aquí la noche se cerraba en ausencia de farolas. Serpenteaba la estrecha calle haciendo quiebros y dibujando esquinas que me protegían, con su cerrada noche, del posible descubrimiento de mi, sin duda, felonía.
Al doblar la esquina lo vi pasar frente a un viejo portón de madera, y sin mirar al piso de arriba, acercándose, llamó, puño cerrado, tres veces, y dos veces, y la casa rompió la noche por un instante y se tragó a Alberto. En este momento pensé volver sobre mis pasos, pero el mismo morbo que me inclinó a seguirlo, me empujo a buscar un escondite para la dulce, amarga espera.
El lugar me lo proporcionó la esquina de la calle que se aleja en busca de la dársena del puerto que se olía, donde adornada por un farol rojo había una puerta franqueada por una cortina de pequeños trozos redondos de madera unidos por enrevesados alambres multicolores. Me acerqué a ella y asomé la cabeza por entre aquella incierta cortina, y sin apenas adecuar la vista a la exigua luz, y roja, del interior, vi una barra al fondo, de madera lijada por los años y el paso de mil bayetas y mil vasos, y mil manos apoyándose para no perder el equilibrio cuando el alcohol atonta los sentidos. Tras ella, y dominando la estancia, aquella estanquera de Fellini que tanto me impresionara en mi juventud, luciendo una exigua minifalda roja y un jersey de pequeño punto, y azul, que deja ver todos los pliegues que la obesidad y los años han depositado en su vientre, y sus enormes brazos descubiertos a la roja luz, y su cara, que en tiempos fuera, creo, joven, aplastada por la ingestión de alcohol, y de semen, y de drogas, y sesgada en cada pliegue por líneas rojas, fruto del agrietamiento de las distintas capas de maquillaje, y su pelo, rojo como la luz, saliendo a borbotones por entre la banda de fieltro verde que corona su frente.
-- Pasa amorrr, que no te vamos a comeeeerrr…
Y mientras corrían las es y las erres, y con los brazos extendidos, y con las palmas de las manos mirándome, realizó un movimiento rápido de izquierda a derecha y vuelta que hizo que sus voluminosos pechos amenazaran con salir de los mínimos trapos que pretendían, sin conseguirlo, mantenerlos en su, intuyo, inhabitual sitio.
Decliné su invitación con una sonrisa de conocedor del ambiente, y con un ademán de mano que no por no estudiado menos efectivo que aquellos, me despedí de ella desde mi lejana cercanía, y deje caer aquellos trozos de madera a modo de cortina, y quedé apostado en el soportal y bajo el farol que a duras penas alumbraba el decorado, esperando la salida de Alberto de la misteriosa casa donde entrara pocos minutos antes.
Me entregué a mis pensamientos que vagaban por las mil posibles causas que podían hacer que Alberto estuviera en ese momento ahí dentro. ¿Y que hago yo aquí, en esta calle, y bajo este farol de putiferio espiando sus salidas y entradas? ¿Qué estará haciendo en esta calle, y en esta casa, y llamando de esa manera que solo llaman los ladrones, o los que tienen algo que ocultar? ¿Tendrá algo que ver con los bajos fondos? ¿Con la droga?, ¿Con la trata de blancas?, ¿O será chapero y es una cita?
No debo pensar así. Me dio el suficiente asco de mí mismo como para empujarme a irme de allí para que a su salida no me encontrara.
-- BUENAS NOCHES.
La voz salió de algún lugar a mi espalda y varios kilómetros más arriba. Me doy la vuelta y mi mirada choca con aquel torso negro de camiseta y pelo, y más arriba aquel asquerosamente ofensivo rostro enmarcado por gruesas patillas que me mira desde su atalaya.
-- ¿ERES POLICIA?
Dulcifiqué mi rostro en el grado que se me era posible en este momento y quitándome la pregunta de un manotazo, y sin mirarlo directamente, señal inequívoca de respeto a un superior, se la negué con voz amistosa mientras pensaba con la rapidez que solo se puede pensar en una calle oscura, en la puerta de un local oscuro donde campea la estanquera de Fellini con una minifalda roja, y debajo de un farol oscuro y rojo, y con aquel monstruoso músculo frente a mí doliéndome en el cerebro. “Estaba descansando un rato” “Estaba esperando a un amigo” “Había quedado con un amigo pero no ha venido” “Me voy ahora mismo” “Ruego me disculpe, señor, si he cometido alguna tropelía al descansar aquí” “Mi mujer me ha abandonado, por favor no me pegue” “Reconozco ante Usted que soy un cobarde, adiós, me voy”.
No me dio tiempo a enarbolar ninguna de las frases que me apuntaba el cerebro. Me tomó bruscamente y de un empujón me llevó hasta la barra, y de otro empujón me sentó en un taburete. En mi asombro, y en mi natural susto, miré a mi derecha y un herrumbroso espejo enmarcado en fieltro otrora rojo me devolvió esa imagen de la que pensé me avergonzaría durante mucho tiempo. Hoy, y como siempre me ha pasado, las horas y los días y los años han escondido todo lo suficiente como para que quede solo el recuerdo de la valentía y el arrojo con que afronté la situación.
Retiré mi mirada de mí mismo y resbalándola por el negro cuerpo que se me enfrentaba, la dirigí a mi izquierda dejándola vagar por los pliegues de una cortina azul, y gris, y marrón, que tapaba el final de la caverna, y que se movía acompasadamente, agitada, presumo, por los movimientos de alguien bailando tras ella. Reconocí la música de los Indios Tabajara entonando “Adiós Mariquilla linda”. “Nana na nana na niiiiiiiinooooo”, mentalmente iba siguiendo el desbroce de notas de aquellas guitarras, esperando no sabía que, mientras miraba, y como aburrido – tal como en películas había visto hacer a los presumibles duros – a mi alrededor.
En una de aquellas cuatro, (o eran cinco), mesas estaba sirviendo la estanquera en copas de vidrio serpenteadas por una línea roja, lo que más tarde comprobaría era anís del Mono, o al menos eso decía la etiqueta, aunque el tapón había sido sustituido por una media caña en aras de la pulcritud que se respiraba en el local. Y se lo servía a dos hombres, uno joven y elegante comparado con el resto de los parroquianos, y otro mayor, y desdentado, y más falto aun que yo de pelo, y a una señora, seguramente prostituta ya que se dejaba tocar y morder cada centímetro de su cuerpo, y entre risas, por ambos dos. La estanquera acercó su grotesca boca al oído del más viejo y susurró algo inaudible que hizo que este explotara en risotadas aun más fuertes que las de aquella mujer que compartía su cuerpo entrambos, y que seguro tuvo una infancia triste. Este último pensamiento, ideado por necesidad y en un segundo, me hizo sentir un profundo hermanamiento de mi desgracia con su desgracia que me consoló momentáneamente.
En la esquina de la barra que daba a la cortina, y que se podía izar como puente levadizo para dejar paso a la princesa - estanquera a su castillo, moraba una señora, por edad, o señorita que aposentaba muslo sobre muslo, enorme muslo sobre enorme muslo, y codo sobre mostrador, y cabeza sobre mano, y dedo sobre vaso largo donde da vueltas y vueltas sobre su filo redondo, y mirada, horror, sobre mí. Sonreí, maldita formula de politesse, y se me vino encima desplazando ligeramente la masa.
-- Hola cariño ¿Me invitas a una copa?
Vestía aquella, con una minifalda negra y unas bragas blancas con bodoques, y un algo más que se ceñía a media altura entre lo que tenían que ser los pechos y su cintura. Posiblemente, pensé, a cualquier otra altura pasaría a ser bonito o simplemente deforme, dependiendo de su altura, pero la que se sostenía era simplemente triste. Me sonreía desde sus encías coloreadas de lápiz labial, presumo. Me sonreía prometiendo desde su sonrisa una noche de tal lujuria y depravación que me produjo dolor en la base de cada pelo de mi cuerpo. Miré aquella semidentadura que me escupía entre sus palabras y la rápida respuesta, apenas esbozada, de un rotundo NO, se trastocó en un sí por culpa del amplio campo de visión que poseo desde mis rabillos oculares, donde entraban, entre otras cosas, la camiseta negra, y el pelo que se le sale, y el pantalón vaquero, y… Di las gracias al cielo por no ir incluida la conversación en la invitación, y mientras ella, muslo sobre muslo, enorme muslo sobre enorme muslo, y codo sobre mostrador, y cabeza sobre mano, y dedo sobre vaso largo donde da vueltas y vueltas sobre su filo redondo, y mirada ya huida, me dediqué a mirar la espera.
Al despedirse de la mesa que atendía, la estanquera recibió una sonora palmada en el culo por parte del viejo que hizo que aparecieran sus dientes morados entre su risa, lo que recordó el paralelismo cruel que había con el poema de Pablo Neruda: …No me quites tu risa porque me moriría…
Entró en su castillo por el puente levadizo y se dirigió a mí.
--Eres policía? -- La pregunta carecía de las mayúsculas que había oído antes.
--¡¡NOOOOO!! --Negué por segunda vez pareciéndome cada vez más a uno de esos santos que quieren dar la por su maestro pero se resisten.
--¿Qué hacías ahí apostado?
Recorrí todas las excusas que preparara para el señor del torso y dicté la más creíble.
--Estaba esperando a alguien, es que había quedado en verme con él pero creo que me he equivocado de sitio porque…
Siempre me ha pasado lo mismo en estas o parecidas situaciones. Siempre he hablado sin parar. Siempre he creído que más vale la maña que la fuerza y que por medio del dialogo se puede ganar más que en una batalla, y eso me suena a verdad y a racional cuando no estoy en la situación, pero no así ya entrado en ella, que me suena a excusa y a auto engaño y a pobreza.
-- ¿A quien esperabas?
-- Ya se lo he dicho, yo había quedado…
-- ¿Eres maricón? -- No me dejó terminar mi mentira
-- ¡¡NOOO!! - -Volví a negar pareciendo casi ofendido mientras me atrevía a mirar la cara del señor del torso.
-- No me gusta que nadie se aposte a mi puerta. Me espanta la clientela, y ya hay demasiada poca para que venga un jilipollas a joderme la noche. Así que si esperas a tu amigo lo vas a hacer aquí dentro. ¿Qué vas a tomar?. Porque aquí dentro no quiero mirones y si no vas a tomar nada, Marcelo se puede enfadar.
Ese nombre lanzado desde su boca morada y desde sus ojos hundidos, olía a torso, y a patillas, y a grandes alturas, que me hicieron tomar la decisión de olvidarme de Alberto y pedir algo.
-- ¿Tendría Ud. un refresco o algo así, una cocacola?
-- ¡No rico, aquí no hay refrescos, aquí no servimos mariconadas!
-- Perdón, póngame una cerveza.
-- ¡No hay cerveza!
Todos me miraron con sorna, porque la cerveza era visible, y una caja, al menos, de Cocacola en un rincón de la barra. Di por finalizada la persecución de mi amigo y me dispuse a ofrecer la mínima excusa para que me pegaran, o algo parecido.
-- Póngame una copa de anís.
Tomó la botella que había tras ella y debajo del mostrador emergió, como por arte de magia, otra copa serpenteada por una fina línea roja. Una copa no tan limpia como fuese de desear. Me sirvió el anís, y dejando la botella en el mostrador, clavó en mí su boca morada, y sus plegados ojos, y….
-- Son dosmilquinientasss -- dijo mientras perfilaba una sonrisa de ocre y sorna. Miré hacia atrás y aquel torso, que allí seguía descansando sobre pantalones vaqueros repletos de músculos, y vadeando la mirada, y metiendo la mano en el bolsillo, conté los billetes para solo sacar tres que le hicieran pensar a esta buena mujer que no tenía más, que era mentira que hubiese cobrado precisamente ese día, y de esa manera no me sirviera más anís. Y con la sonrisa de pedir perdón, aprendida durante años de práctica, los deposité sobre la alisada madera, y desaparecieron sin que me quedara ninguna duda en la desesperanza de recibir la vuelta de quinientas pesetas.
-- Bébetelo, pues no se viene aquí a dormirse con una copa.
Nunca me ha gustado el anís. Siempre me ha dolido la cabeza tras su ingestión. Lo pasé de un trago entre las estertoreas risas de aquella furcia que se cenaban entre el joven y el viejo. Cuando comencé a llorar ya había tomado ocho o nueve copas, sin contar alguna invitación de la estanquera, y estaba descansado de al menos veinte mil pesetas. Fue cuando descansaba mi cabeza sobre sus grandes tetas, y haciendo crecer torrentes con mis lagrimas en los enormes canales de la ahora señorita Lidia, y cuando se me era imposible separarme de aquellos descomunales pechos, abatido en ellos por miles de enormes dedos de uñas moras y anillos que en sus caricias arrasaban mis ralos cabellos.
Y era cuando ya andaba contándole a mi confidente, intima amiga de toda la vida, y a toda la parroquia que ya, a estas alturas, estaba concentrada a mí alrededor, todas y cada una de mis penas, atroces todas a juzgar por las lagrimas por mí vertidas, que, seguro, desembocaban en algún enorme agujero allá en la lejanía de las carnes.
Cuándo me desperté, y tras darme cuenta de mi situación, con un terrible dolor de cabeza, conseguí zafarme de la prisión a que me sometían aquellas carnes, y me vestí, ¡horror estaba desnudo!, y sin querer saber nada, y sin preguntar nada, y olvidando todo casi inmediatamente, y sin hacer ruido, me deslicé por las escaleras que bajaban al habitáculo de la noche, con su barra de madera, y su cortina corrida, y su olor ahora mil veces más acre, y abriendo la puerta con todo el sigilo que me permitía mi dolor de cabeza, y que me prestaba mi asco y mi miedo, salí al exterior que volvía a oler a puerto.
Amanecía cuando entré en mi pensión, donde gasté todo el tiempo que me quedaba para tomar mis conocidos medios de locomoción en restregarme con estropajo y jabón y desinfectante y todo lo que se me pudo ocurrir.
Más tarde estaría en la Central de Correos, y con Alberto, que nunca me contaría que estuvo en la Rambla, y al que nunca le contaría la experiencia.

BARCELONA

EL JUGADOR

Hace ya tiempo que vivo con un hombre. Seguro que desde diez meses, o quizás un año, de la desaparición de María del Mar. Desaparición de mi vida, que no de la vida como tal. A veces la veo y hablamos, como si nada hubiese ocurrido, de nuestros hijos y de tantas cosas. Curiosamente más de lo que habíamos hablado nunca. Pero mi vida ya solo me pertenece a mí. Bueno, y un poco a Mariano.
Al no tener ninguna noticia de ella tras su abandono, amontoné todas las conversaciones que pude entablar con sus amigas y de ellas obtuve la vaga esperanza de encontrarla en Barcelona. “Me encantaría pasear por las tardes por las Ramblas de Barcelona”. Este era un deseo que nunca se me fue confesado, pero que se repetía en cada conversación con sus amigas.
Decidí dejarme la barba y no cortarme los pelos de la nariz hasta no encontrarla, y con el plano de Barcelona en un bolsillo y en el plano un circulo rojo que marca las Ramblas, y con una maleta en la mano, me deslicé como un fantasma en la estación del ferrocarril.
Allí estaban aquellas tres monjas riéndose con su risa de monja.
Allí aquel soldado que con su macuto, y solo, y con su mirada perdida en los raíles, esperaba, seguro, el regreso a casa con su pase de permiso.
Allí aquellos dos, despidiéndose el uno del otro, intentando incrustar cada uno en su retina la retina del otro, y mientras, manos entrelazadas, y blancas de apretar, no dejaban ver quien se iba y quien se quedaba.
Dejé la maleta en aquel banco de madera, bajo el reloj y junto a la librería, y en ella compré una revista de crucigramas, que quedaría intacta en mi departamento, y la última novela de Javier Marías. Con todo ello y al “DO, MI, SOL, el tren expreso con destino a Barcelona se encuentra situado en anden tercero vía primera DO, MI, SOL”, me encamine hacia el lugar señalado, que de no ser por la riada humana, no hubiera podido encontrar. Allí un revisor tocado de gorra, y tomando mi billete, me indicó mi coche, y en mi departamento, y sobre la pequeña cama, deposité la maleta y salí al pasillo a fumar un cigarrillo.
El tren salió a la hora en punto con nuestro destino fijado delante de aquella máquina que nos arrastraba.
Con la frente apoyada en el doble cristal de la ventanilla, seguí fumando mientras me venían a la memoria los mil recuerdos de María del Mar.
Reconocí en aquel que apoyaba la frente en el doble cristal de la ventanilla de al lado, a aquél otro que intentaba beberse las pupilas de su pareja en la despedida, en él anden.
-- Son duras las despedidas -- le anuncié.
Él me miró conteniendo a duras penas sus lagrimas.
-- Pero no se preocupe tanto -- seguí -- existen los teléfonos, las cartas y un montón de formas de ponerse en contacto, y además siempre las separaciones acaban y el regreso y la vuelta con la persona que se queda es aun más bonita si cabe que la propia despedida.
Quizás hablara más para mí que para aquél desconocido.
-- No para mí -- me contestó -- Para mi no existe ya nada de lo que usted ha enumerado. Tampoco existe el regreso. Lo mío ha sido una despedida de verdad.
Me derrumbé bajo el peso de mi propia soledad sin despedida, pero tan de verdad como la que me acuciaba mi vecino de ventanilla, y más para animarme a mí mismo que a él, le contesté:
-- No debe Usted pensar así. Siempre, por muy difícil que pueda parecer, hay una luz de esperanza. Esa sensación que te produce el efecto de la espera, que hace que el que se queda, o el que se va, se encuentren cada vez más cerca.
Mientras declinaba mi miserable necesidad de creer que todo ello era cierto, Mariano Tejero, que así se llamaba como pude conocer más tarde, así como que trabajaba en el Camping La Ballena Alegre, en El Prat, estaba rompiendo unos folios escritos y unas fotografías. No creo que me estuviera oyendo, y a pesar de ello, seguí hablando, y como antes, más para mí que para él. –
-- Es prácticamente imposible que dos personas que se quieren y que han compartido prácticamente una vida entera, y que hasta es posible que tengan hijos, dos preciosos hijos, se despidan con un “hasta nunca”. -- Me salieron mis dos preciosos hijos.
Volvió a mí su mirada mientras terminaba de romper la última fotografía.
-- No he vivido la práctica totalidad de mi vida con él. Tampoco puedo tener hijos con él. Ni los quiero. He vivido con él el año de su destino por trabajo en el aeropuerto del Prat. Nunca me dijo que estaba casado, aunque lo presentía y yo mismo me lo negaba, y en mi ceguera creí mi negación. He venido a su ciudad para darle una sorpresa, con un mes por delante y me presenta a su mujer y a su precioso hijo. No le guardo rencor al hijo de puta ese. Lo nuestro ha sido un fin, no una despedida. Solo me quedan los recuerdos más bonitos de mi vida, y su imagen, y su risa fuerte, grabados a fuego en mi cerebro.
Me sentí mareado al verme tan bruscamente abandonado en mi final.
Era la primera vez que pensaba que podía existir un final para mi separación de María del Mar. Este derrumbe hizo que comenzara a contarle mi historia, que comprendida, y gracias a sus preguntas, fui ampliando y ampliando. Cuando terminé mi relato, me sentí más hundido y vacío y él, más sereno y sonriente.
-- Te ayudaré en tu búsqueda.
Nos despedimos y cada uno entró en su habitáculo a esperar la amanecida. Él, seguro que tampoco durmió. Estuve recordando cuando en las calendas de Agosto de aquel año, recién estrenados mis diecisiete, quedé con Sergio Siret en las playas de Mazarrón, y con prácticamente nada de dinero, emprendí el viaje. Un viaje en auto-Stop, en el que el sustento nos lo proporcionaban las monedas que nos depositaban junto a las pinturas que yo desgranaba en las aceras, mientras Sergio entonaba con su guitarra de doce cuerdas aquellas canciones protesta de las que apenas recuerdo Pouppe de sí, pouppe de non de Michel Pornaleff. Aquel viaje en que dormíamos al abrigo de los algarrobos, para de esa manera desayunar sus dulces frutos y hacer acopio de ellos en nuestras mochilas. Aquel viaje en que tomamos un tren, y en su tercera clase, y con los asientos formados por listones atravesados de madera clavada, y los clavos hincándose en la espalda tendida sobre ellos, y dormir, y dormir, hasta despertarnos en una vía muerta. El confort de ahora era muy superior, cierto, pero la vida era distinta. Ahora había perdido a María del Mar, y tenía unos cuantos años más, y una menor necesidad de sueño, y un amigo homosexual en el departamento de al lado. No. No dormí. Oí como con las primeras luces salía de su departamento y tosía, seguramente con la vana esperanza de que al ser oído, saliera del mío y siguiéramos nuestra conversación truncada por el deseo y solo por el deseo de dormir, y olvidar, y vivir tu vida de sueños desligada de la realidad que te invade con la luz.
Quedé un tanto perplejo al entrar en su casa y encontrarme un cuadro mío presidiendo uno de los muros que circundan el salón, que en explosión de color y olor se me ofrecía a los ojos en plantas y flores.
-- Bonita casa tienes.
-- Es herencia de mi madre me dijo, era pintora, ¿sabes? Y muy buena. El cuadro que tienes detrás de ti es suyo.
Miré hacia atrás y mi perplejidad fue en aumento. Estaba señalando mi cuadro. Me acerqué al cuadro con la intención de reconocer mi firma en el mismo, y en su lugar descubrí una firma que no era la mía, donde se podía leer MG 1.940. Yo pinté ese cuadro muchos años después. No le dije nada a Mariano, pero debería investigar esta, aunque buena, copia de mi cuadro.
En un momento determinado me dijo:
-- ¡Dios!, me vas a hacer un enorme favor. El hombre de la despedida está marcando ahora mismo mi número de teléfono. Cógelo tú cuando suene y le dices que no me llame más, que me deje en paz.
Al oír esto pensé que se trataba de una broma de Mariano, o que el deseo de que lo que decía fuera cierto le hacía comentarlo en voz alta.
Sonó el teléfono.
-- ¿Diga?
-- Buenos días, ¿se puede poner Mariano?
Intenté salir de la duda.
-- ¿Usted lo despidió ayer en la estación?
-- Sí. -- Fue su lacónica respuesta.
-- Pues en ese caso no quiere volver a hablar con Usted. Por favor, no lo llame de nuevo. Yo tampoco quiero que lo haga.
Colgué el auricular mientras Mariano me daba las gracias desde su trajín que consistía en regar los cientos de plantas y flores que inundaban las habitaciones.
Salí de mi dormitorio y me senté frente a una ventana de madera y verde que dejaba pasar una luz difuminada por los visillos blancos y bordados, que hizo que cayera en un sopor alegre y triste y…
-- Déjame una fotografía de María del Mar. Me hizo salir bruscamente de mi sopor, y me di cuenta de que no tenía ninguna, me cambió la petición a algo suyo, una prenda, un papel escrito por ella, algo de ella,… me levanté a buscar algo. No tenía nada.
-- Siéntate, -- me dijo. -- Cierra los ojos y concéntrate en ella. -- Y situándose detrás de mí me colocó las manos a ambos lados de la cabeza. No podía pensar en ella. Estaba aturdido por aquella ridícula sesión de imposición de manos.
-- No estas pensando en ella, te ruego que te concentres.
Quedé inerme ante aquella aseveración y busqué entre mis recuerdos alguno que me sirviera para la ocasión. Encontré aquel en que posaba para mí completamente desnuda, tumbada en la alfombra del salón, mientras la devoraba palmo a palmo con la mirada, intentando traspasar aquella visión al lienzo. Eramos aún muy jóvenes y yo comenzaba a exponer. Este cuadro, cuyo titulo, lógico, es “Desnudo en la alfombra del salón”, me hizo ganar una bienal de pintura y me abrió las puertas de la consagración como pintor reconocido en la ciudad y algo fuera de ella. Se me ofrecía desde la alfombra con sus ojos negros, y encendidos, y grandes, y fijos, y con esa risa que multiplica la de sus labios, húmedos, y gruesos, ligeramente arqueados hacia arriba en sus comisuras, ligeramente abiertos, permitiendo entrever sus perfectos dientes y blancos. Se me ofrecía su nariz recta y grande y su pelo negro, y sus tetas apoyadas en la alfombra, y la espalda bajando suavemente hasta el punto donde pierde su nombre, para volver a subir hasta la cima de su culo, y la caída abrupta suavizada en la pendiente hasta perderse en los pies que descansan rectos sobre la alfombra.
Noté que Mariano, como electrizado, quitaba bruscamente las manos de mi cabeza. Me volví hacia él.
-- ¿ Y que? Le insinué.
Nada me dijo, pero en su mirada había algo intrigante.
-- Tengo que presentarte a alguien me dijo al fin Es un amigo mío con el que mantengo una relación de amistad esporádica desde hace mucho tiempo. Vive muy cerca del Parque Guell, así que aprovecharé y después te lo enseñare.
-- ¿Por qué? -- Le pregunté -- ¿Tiene ese amigo tuyo algo que ver con la imposición de manos, o con la parapsicología?
-- No, -- me dijo, -- Es un señor mayor, amigo de mi familia, y que conoció a mi madre antes de su suicidio.
-- Perdón…. Yo no sabía…. -- Intenté defenderme de no sabía que.
-- No te preocupes -- me dijo -- eso fue hace mucho tiempo, tenía yo cinco años cuando ocurrió y ya está superado. Es solo que quiero que lo conozcas, y cuanto ante mejor.
Me quedé pensativo. Solo me había hablado de su madre. ¿Su padre moriría antes, o se habría despedido como ahora está pareciendo ser una costumbre muy extendida? No pregunté por no parecer grosero.
-- Pasad, pasad, me alegró profundamente que me llamaras. Hace una verdadera eternidad que no sabía nada de ti.
Romano era alto, y de aquella edad indefinida que va desde los sesenta hasta los setenta años. Conservaba todo su pelo, aunque de un color azulado, debido, supongo, a un uso abusivo de blanqueantes de cabello. Iba elegantemente vestido, aunque denotaba un cierto desaliño que no supe a que atribuir. La casa era un palacete diseñado por algún discípulo de Gaudi, si no por él mismo. Pasamos a un patio interior, en cuyo centro había un cenador, y nos hizo introducirnos en él. Aquel hombre no paraba de hablar de la juventud de Mariano, y de su madre, y miraba a Mariano con esa mirada que va más allá de la amistad, por lo que supuse que en algún momento fueron amantes. El hombre se excusó en un momento y desapareció para volver al momento con una botella de vino blanco y tres vasos de cristal de Murano. Este gesto hizo que me sonriera con el recuerdo de mis años más jóvenes. La conversación seguía estando alrededor de la madre de mariano. Nos contó, me contó, pues seguro que a Mariano se lo habría contado un millón de veces, que la conoció en una sala de subasta de arte. Él pujaba por un cuadro por el que también pujaba alguien en las primeras filas de público. El cuadro se lo llevó Romano, y cuando se acercó al estrado para dar sus señas al subastador, se cruzó con una joven que al llegar a su altura se paró y sin mirarle le dijo: -- Te lo llevas porque no tengo más dinero, -- y sin más siguió andando.
-- Me quedé extrañado, -- prosiguió su relato, -- y perplejo por lo que consideré un reproche, y cuando llegué al estrado le pregunté a aquella gente por la joven que desaparecía por la puerta del fondo en ese preciso instante. Pude saber que era la pintora del cuadro que yo había adquirido en dura pugna con ella misma. La casualidad hizo que volviera a verla en un pequeño café al que solía ir de niño y allí estaba sentada en un velador y con un portafolios apoyado a la mesita. Me acerqué a ella, que me reconoció al instante, y así fue como comenzamos una relación de amistad, amistad con condiciones. La condición que me puso para volver a vernos fue que no intentaría conseguir ni un solo cuadro más de ella, nunca más. Por eso es por lo que conservo solamente aquel que le arrebatara en la sala de subastas, pero tengo localizados la práctica totalidad de su pintura.
Mariano me miró, y con tal vehemencia que me impelió a hablar. Le conté que yo también era pintor, que aunque de provincias, mis cuadros, algunos de ellos, ya habían viajado a muchos sitios, habiendo traspasado las fronteras del país incluso. Mariano seguía mirándome con intensidad, queriendo expresar con palabras lo que pretendía que yo dijese. No sabía que era lo que Mariano pretendía de mí, así que le pregunté a Romano: -- ¿Puedo ver ese cuadro?
Mariano relajo un poco la mirada por lo que supuse que era esto lo que pretendía que dijese. Ahora concentró toda la fuerza de su mirada en Romano, esperando.
-- Ciertamente.
Impulsado por un resorte invisible, ante esta contestación de Romano, Mariano se puso en pié
-- Vamos pues.
Le seguimos en el gesto, y conducidos por Romano llegamos a su dormitorio. Allí, en la pared, frente a la adoselada cama, estaba mi cuadro “DESNUDO EN LA ALFOMBRA DEL SALÓN”.
Miré a Mariano que sin mirar al cuadro me sonreía, y a Romano, que sin mirarme hablaba de la pintora y de su pintura. Comprendí que Mariano había logrado entrar en mi recuerdo de alguna manera para mí desconocida, y comprendí su sorpresa, y supe por qué separó las manos de mi cabeza tan bruscamente. La firma MG 1.945. Al igual que en el pintado por mí, predominaban los azules y los ocres. La postura de María del Mar, pues el parecido iba más allá de lo permisible, era prácticamente la misma, diferenciándose solo en que en aquél que ahora tenía delante, María del Mar tenía una pierna levantada doblada por la rodilla, y en el tamaño de los pechos. El parecido era tan extraordinario, que supe exactamente lo que pensaba la modelo en el preciso instante de la inmortalización.
Dejamos el palacete y dimos una vuelta por el Parque Guell. Le pregunté por la situación, por su madre, por el cuadro, por Romano. Le pregunté todo y más cosas que quise preguntarle y se me iban, y eran otras las que venían. Él, con esa sonrisa de complicidad, quizás conmigo, quizás con él mismo, o con algún fantasma, dijo:
-- Solo te voy a decir una cosa y por favor no me preguntes más sobre ello, es algo que te agradeceré siempre, pues aunque me lo preguntes de nuevo no te voy a contestar, pero me sentiré mal por no hacerlo. Tu naciste el día dieciséis de Agosto de 1.955. Seguro que era un día precioso, sería uno de esos días que pasan desapercibidos para todos o casi todo el mundo, pero no para los que yo llamo Los Jugadores.
Calló en este momento, y ya no hablamos más en nuestro deambular, y de mi paso por el parque solo me quedan recuerdos de arcos y azulejos que se contraponen. Achaqué a algún vistazo rápido a cualquiera de mis documentos el hecho de que supiera con tanta certeza la fecha de mi nacimiento, aunque me quedaba la duda. Esta duda me ayudó a callarme cuando me lo pidió.
Él llamaba Los Jugadores, como más tarde pude saber, a los elegidos, a los poseedores de esa percepción a la que no llegamos los simples mortales.
No hablamos más hasta llegar a casa, en que tomé unas tijeras y comencé a quitarme los pelos de la nariz para acto seguido afeitarme la barba, pues entendí que ya había encontrado a María del Mar, aunque de una forma más rara de lo que yo hubiese imaginado.
Tras quince días, o tal vez más, de búsqueda infructuosa por las ramblas, donde trabé amistad con cada uno de los pintores que allí se exponen, donde me enteré de que Romano era el padre de Mariano, decidí que mi tiempo en Barcelona había acabado.
La despedida de Mariano no fue en modo alguno menos arcana que el resto del tiempo pasado con él. Cuando me dejó en la estación, me hizo prometer que esto no sería una despedida como a las que el destino me estaba acostumbrando. Yo se lo juré de manera vehemente. Es más, le pedí, que no ya por él, sino por mí, esperaba que no fuese como decía. De hecho, al final fue eso, hoy vive conmigo en la ciudad. Antes de subir al tren, le dije: -- Te voy a decir algo, pero espero, lo mismo que yo te prometí a nuestra llegada a Barcelona, que no te haría preguntas por tu revelación y no las hice, así tu no las harás ahora al revelarte yo algo que debes saber.
-- De acuerdo. -- Fue su contestación apoyada por aquella su sonrisa de comprensión que siempre me conturbó
-- Bien, le dije solo te diré que vayas a hablar con Romano y pídele que te explique algo.
-- De acuerdo, amigo, pero Romano no es mi padre. Sé que mi padre era un pintor de las Ramblas, que debió morir a los pocos años de morir mi madre.
Debió ver mi cara de sorpresa pues añadió -- Lo estuve soñando tres años aproximadamente hasta que desapareció de mis sueños, y supe que había muerto. Sé también todo lo que Romano ha hecho por mí en la creencia de que era mi padre, y sin que yo me enterara. Lo sé, desde el día en que viví la muerte de mi madre. Sé también que lo hizo con la plena conciencia de ser mi padre, y respetando el recuerdo de mi madre nunca me lo dijo, quizás por no estar muy seguro de ello, quizás por miedo, después por rutina y por último por dejadez y comodidad. Sé que mi madre no dejó en este mundo sino unos cuantos cuadros, que por ser yo muy niño, desaparecieron rápidamente, un montón de sensaciones extrañas y un hijo. Y que mi casa, y los pequeños ahorros que me dejó mi madre, son adquisiciones e imposiciones en mi cuenta por parte de Romano.
No supe que contestar. Sonaba ya el DO, RE, MI que me llevaría de vuelta a mi ciudad, y a la rutina, y a mi ya encarnizada búsqueda.
Lo abracé fuertemente y me dirigí a mi vagón, y al comenzar su escalada me llamó. Me volví y vi que tenía algo en la mano. Me acerqué.
-- Ya no me queda ninguna duda. Tómalo. Te lo he estado guardando todos estos años.
Tampoco supe que decirle. Lo abracé de nuevo, y al separarme comprobé que una lagrima corría por mí rasurada cara.
Subí al tren, que arrancó puntual y me dejó la curiosidad de aquel medallón. Más tarde supe que perteneció a su madre y que él se empeñó en que yo era su reencarnación, y de tal manera y como ya he dicho, hoy vive conmigo en mi ciudad y yo soy su madre.
De cualquier modo, es práctico tener en casa a un JUGADOR

COSA JODIDA LA VIDA

COSA JODIDA: LA VIDA

¿Fue viernes?
Creo que si.
Creo que confabularon los eones y nebulosas para que el acontecimiento comenzara y finalizara en el bendito-maldito viernes.
Germinó en él y murió en él, salidos de la arteria que fluye mayestática por los evos que nos conciernen.
Nos sometemos a la distorsión acaeciente de lo inesperado pero intuido en su sublimación más animal. Adjetivamos lo incógnito por lo pragmático deviniendo hacia la confrontación de lo intuido en el onírico mundo que confabulamos.
Estamos, y de hecho morimos y dormimos en el inefable agustático e informe sofá que nos determina una concentración de lo que puede ser, desprendiéndonos de la miseria que siempre es, y así, impregnados de la melosa flauta que filosofía en étnia y llagas de cara, que surcada ignora su cometido de plica abierta a cementerio, al que se niega, infringe su arritmia y desboca en tropel de animas que defenestran la pura que lo ilumina.

Necesito un cuento.
Necesito la informe, la amorfa distancia de un cuento.
Algo, sí, que me indique que los querubines anotan las simplezas, que los nostálgicos elaboran sus trabas, que los impuros se queman, que la naturalidad exaspera y frente al frente difuminan sombras que de un ayer, o de un hoy, se afierran y desprotegen lo insustancial. Lo nunca dicho, o lo siempre dicho. Lo que se advierte y no se concentra en la sensación diurna que acomete placeres o decires que se pierden.
No se crea un cuento con los conocimientos que infringe el deseo.
No son anotaciones lo que se vierten en el concéntrico mundo que supone la elaboración de un cuento.
Se intuye, y al cabo se difumina y se diluye en uno mismo, arrastrando la simpleza y la ignorancia y la desazón y el siempre odiado devenir. El puto: “ tiene que....”
Por eso necesito un cuento. Con su arrullo y con su simpleza ahuyentará la presura que me atenaza y la distorsión que me provoca el desacuerdo con la realidad. La conferida extorsión del... “si no atenúas tu marcha, te sentirás desmarchado”.
Por eso necesito un cuento. Algo que empiece, por ejemplo, “Había una vez algo en algún lugar, en alguna fecha de no hace mucho tiempo, o quizás si haga mucho tiempo, que impelía a los protagonistas a algo, o posiblemente a nada, y que de ello surgió la inoperancia activa, o incluso ni eso.
Había una vez un él o una ella que se acercaron, o se acercó él, o se acercó ella, y de ese impulso nació la nada. O fue él que dijo y dijo y dijo... y ella que escuchó y solo escuchó. Lo que si pudo haber pasado es que el tiempo, tiempo de inquisición y metáforas y sinapopeyas, se vistiera de otoño tardío con algún ramalazo de comprensión de primavera. Lo que sí pudo pasar sería, sin duda, o con ella, que la didáctica jugara al sempiterno juego de la esquina baja y fortaleciera con su enjuto luto la siniestralidad que nos ilumina.
Había una vez un algo que moría por salir y que al final salió y murió. Murió con la conciencia de que había vivido en el sueño y en la decadencia de un rostro y de una palabra y de un exceso de medida. Y murió dentro de la mística y del sonrojo y del deseo y de la parafernalia. Y murió en el recuerdo y en la sensación de la opresiva y suculenta sexualidad.
Había una vez, hace escasamente unas horas, algo que encendía las pupilas del cadáver y que inyectaba sabia de mil distintos tonos de verde en las venas de un viejo olivo.
Había una vez una simbiosis. Las simbiosis siempre han dicho que son necesarias y que centran el estío y denostan la crucifixión. Siempre las simbiosis se dieron entre quien necesita “de” y quien de “de” vive, y ambos, simbióticamente activados, supuraban vida en la vida y sin reactivos que mancharan la pertenencia a uno u otro mundo de degeneración.
Había una vez un silencio compartido, y un reto altivo, y una frase, y una ventaja sobre nada. O sería esquiva y pronta enseña que irisa su risa y friega los platos donde se comiera, o la sin razón del extraño conato de brusco cambio en la fortaleza del hecho esquivo.
Miles de hombres, miles de trajes de pana, un sin fin de boinas y bajo todos ellos, un perro. Un insignificante perro que dignificaba el traje de pana y suprimía la necesidad de un Dios y de un cielo. Una mirada que nacía desde allá abajo, y entre pelo, y entre orejas, y difuminaba su arco en torno al ropaje. Cada canuto de la pana, cada pliegue del traje, cada costura y cada recosido hablaba no más de la pereza que de una vida desperdiciada. Andaba el año de Los Encuentros. Corrían sus días estrechándose en las callejuelas y partiendo almendrados cobijos. Nunca supieron que se encontraron.
Había una vez una ELLA sentada a la puerta de una cafetería, y a su lado un novio, o un marido, o simplemente un él con minúscula. Su conversación transcurría por derroteros desgajados de reproches y de “Si no te hubiera conocido...”, y de angustia, y de recuerdos enmarcados en el más lejano sentido.
Esa misma vez, ese mismo lugar, ese mismo tiempo, otra mesa, una ella con minúscula bostezaba junto a ÉL, y en su bostezo se encontraba su reprimida existencia, su abulia, su apático desdén y la espera de la nada hasta la muerte.
En un determinado momento a ELLA se le cae un pañuelo, o una polvera, o alguna nonada, al suelo, justo al lado de la silla que ocupa ÉL.
La mirada de su compañero de mesa la sigue inquiriendo desde la altura que le da su rabia y su amargura, y ELLA baja los ojos hasta el objeto que el destino ha desprendido de sus manos hasta el suelo mientras, lánguidamente, como queriendo eternizar el momento en su lento gesto, ese momento que la retrae de la rutina, avanza el brazo hacia el suelo, y su cuerpo, levemente, lo sigue.
ÉL ya había llegado con su mano hasta el objeto y lo levanta suavemente, y su mirada buscó su mirada, y su sonrisa encontró su sonrisa, y en un segundo, en su instante de sonrisa, supieron ambos que se pertenecían desde siempre y para siempre.
Y ELLA tomó su nonada de las manos de su amante, eterno amante, y le tembló el alma al ritmo que el alma le temblaba a ÉL.
Un leve y sutil roce de sus manos en la entrega.
Ambos se volvieron lacerados sus cerebros por la angustia de lo perdido por encontrado en el pozo de su perdición.
ELLA y él se levantaron y reprochando él y callando ELLA se marcharon calle abajo.
ÉL vuelve su cuerpo y con él su mirada.
ELLA vuelve su mirada y con ella su cuerpo, y cruzan sus miradas, sus deseos, su nostalgia, y se prometen tiempos felices y fidelidad y amor eterno, y aparece en ELLOS el recuerdo de nada, y un ¿por qué?, mientras ella bosteza por enésima vez mirándose una uña.

jueves, 16 de julio de 2009

CIERRA LOS OJOS

CIERRA LOS OJOS

Aquel verano, el último verano, vivía yo en Almería, una ciudad bañada por el Mediterráneo. El ambiente, absolutamente multitudinario, no me atraía del todo. Vivía a caballo entre la casa de mi novia en la ciudad y el chalet que mi madre tenía en Aguadulce, un pueblo pequeño vecino de la ciudad, a orillas del mar y por ello convertido en zona de recreo y de ocio para veraneantes.
Mi madre, todos los veranos, cambiaba de residencia instalándose en el chalet, siempre con mi hermana Carmela.
Aquel día, el día del fin del mundo, me presenté por la tarde en la casa de mi madre en Almería y no me sorprendió verla sentada en su sempiterno sillón con un libro entre las manos y los auriculares puestos, cuando debía haber estado en Aguadulce. Me miró con el amor más dulce que jamás nadie haya podido captar. Tampoco me extrañó no ver a Carmela ni a nadie de los suyos. Si alguien me hubiera preguntado por qué no me sorprendieron ninguna de aquellas “anomalías”, le diría que no lo sé. En aquel momento, porque comenzaron a desencadenarse los acontecimientos rápidamente, y ahora porque aunque pensara alguna respuesta no la encontraría. Además, a nadie ya podría importar porque no existe nadie. Tampoco es cierto que tú estés leyendo esto porque tú no existes. No en vano el fin del mundo es el fin de todo. Si no, no sería el fin del mundo, sería si acaso un borrón y cuenta nueva. En caso de que estés realmente vivo, y leyendo esto, supone que fue la segunda opción, un borrón y cuenta nueva que eliminó de nuestro planeta varios miles de millones de personas. En cualquier caso yo soy uno de esos “varios miles de millones” de desaparecidos, por lo que es imposible que hubiese escrito alguna cosa. Lo que quiere decir que no estas leyendo esto. O si es así es que no estas vivo y no lo sabes aún, a pesar del tiempo que tiene que hacer de aquello. ¿Tiempo?.
Esto son ganas de especular, porque yo sé que efectivamente aquel día fue el día del fin del mundo. Si no lo crees así, sigue leyendo y después reflexiona.
Le di un beso a mi madre mientras ella sonreía y me adentré en la casa por el largo pasillo que llega hasta el comedor. Allí abrí la puerta que daba a una galería no menos larga que el pasillo que llevaba hasta las últimas habitaciones de aquella enorme casa. Traspasé la puerta de la última habitación. Era un amplio dormitorio con una puerta que daba a un cuarto de baño. Sobre la cama, con una casi imperceptible luz que surgía de una lámpara en pie sobre la mesita de noche estaba mi hermana Fátima con un bloc en una mano y un bolígrafo en la otra. Alzó la vista y sus perfectos dientes asomaron detrás de una ancha sonrisa, aunque triste.
Le pregunté si le pasaba algo a lo que me contestó que estaba mala, sin especificar. Me senté al borde de la cama y al hacerlo me fijé en la puerta del cuarto de baño y pude comprobar que estaba un poco descuadrada, siendo la ranura que existe entre la hoja y el marco más ancha en la parte de abajo que en la de arriba. No le di más importancia y hablamos un rato. Cuando volví a mirar a la puerta, comprobé que el descuadre era muy superior al anterior, y además había comenzado a descuadrarse el propio marco separándose ostensiblemente de la pared.
Creo que fue en este momento cuando lo supe. O fue, tal vez, también, porque comencé a notar la extraña luz de miles de colores distintos, aunque apagados de brillo, que entraba por la ventana. Miré a Fátima y comprendí que ella lo sabía.
Debía hacer algo. Me despedí de Fátima que nunca perdió su sonrisa y caminé despacio hasta la puerta de la calle. Ya sabía lo que tenía que hacer. Salí a la calle y conduje el coche hasta una gasolinera. A nadie vi durante el trayecto, pero sí vi el espectáculo tan impresionante que suponía el baile de todos los planetas y estrellas acercándose despacio, majestuosamente, hasta la Tierra. Pude observar con total nitidez el cinturón de mil colores de Saturno.
No había otra luz en la ciudad que la que dimanaba de los planetas y estrellas que se acercaban. Ni un solo coche. Di las gracias al cielo porque la gasolinera no estaba cerrada y llené el tanque de gasolina y compré una radio nueva para el coche y una bolsa llena de encendedores. Lo tenía decidido. Iría a casa, las montaría a las dos en el coche y nos dirigiríamos a Calar Alto, una montaña altísima que hay a 40 Km. de la ciudad donde hace tiempo ubicaron un telescopio astronómico.
Sí. Los mecheros eran para encender lumbres, por si en invierno hacía frío.
¿Qué invierno?, pensaras. Pero era mi primer fin del mundo y no sabía exactamente de que iba aquello.
Volví a la casa con el coche bien pertrechado de gasolina, radio y mecheros. Era de noche y a pesar de que, como digo, no había luz eléctrica, la claridad era inaudita, asombrosamente colorista. El espectáculo era realmente precioso.
Entré en la casa. Mamá estaba sentada en el mismo lugar, leyendo el mismo libro y con los auriculares puestos. Levantó la vista y con aquella mirada de paz y de tranquilo amor me saludó:
-- Holaaa. ¿Has vuelto?
-- Hola mamá, voy a ver a Fátima, ahora vuelvo.
Entré en el pasillo y vi una tenue luz que salía del primer dormitorio, cerca del salón donde estaba mi madre. Sobre la cama había dos perros que me saludaron moviendo sus colas. Nadie más había en la habitación. La luz provenía de una lamparita que había sobre la mesita de noche.
Ahora podrás pensar que todo es mentira porque... ¿Cómo es posible que hubiera una lamparita encendida si no había electricidad? Yo también me quedé extrañado, pero aquel detalle era mínimo comparado con lo que estaba ocurriendo. Además, antes tampoco le había dado importancia al hecho de que no hubiera nadie en ningún sitio y sí estuviese el gasolinero.
Salí del cuarto en el momento en que Fátima llegaba desde el fondo del pasillo. Venía renqueando con una mano sobre un riñón y la otra al costado apretando un bloc y un bolígrafo. Venía con su eterna y abierta sonrisa.
-- Qéeeé...? -- me preguntó mientras un enorme gato que venía con ella se restregaba contra mis piernas.
Solo tenía yo ojos para su fascinante pelo rojo y su mirada traspasando las gafas, y la sonrisa, esa magnífica panacea para cualquier mal que se posea. Beatífica es la palabra con la que la definiría ahora si alguien me preguntase.
-- Fátima -- le dije -- No necesito decirte lo que está pasando, pues creo que lo sabes tan bien como yo.
Ella me miró desde su infinita sonrisa, volvió la mirada al gato y cuando la alzó nuevamente me dijo muy bajito sin perder la sonrisa:
-- No voy
Entendí perfectamente su postura y la respeté como siempre lo había hecho. Ella entró en la habitación y cerró lentamente mientras me miraba.
No le pregunté por qué había cambiado de habitación pues creí entenderlo. Seguro que fue para estar más cerca de mamá llegado el momento. Lo más cerca posible sin entrometerse en su intimidad. Mamá la conocía bien y yo sé que siempre había sabido que entendía esta postura y la apoyaba enteramente. O... ahora que pienso, es posible que algo de temor tuviera y quisiera estar cerca de mamá por eso. En cualquier caso tampoco, ya, es trascendente inclinarse por alguna de las dos posturas.
Me acerqué al salón donde seguía mi madre para decirle que nos íbamos. Por el camino pasaron por mi cabeza mil pensamientos y mil preguntas.
¿Qué es la vida?
¿Por qué huir?
¿Es realmente el fin del mundo?
¿Si no va a quedar nadie, para qué intentar quedarse?
¿Si se va a salvar algún lugar, cual va a ser?
¿Y si voy al lugar equivocado?
¿Con quien voy a compartir el espectáculo?
No sabes cuantas preguntas caben en un pasillo. Sobre todo en un momento como el fin del mundo. Pero si diré que fueron estas preguntas, la sonrisa de Fátima y el amor que desprendía mi madre los que me hicieron tomar la decisión.
Entré en el salón.
Mamá levantó la vista y quitándose las gafas me dijo:
-- Ahhh, te quedas?
-- Sí, mamá -- le contesté.
-- Pues siéntate -- me dijo mientras intentaba sin conseguirlo, quitar unos periódicos atrasados que había en el sillón justo a su lado. -- ¿Tienes hambre?
-- No, mamá -- seguí -- he estado en la calle y el espectáculo es magnífico. Mucho más bonito que una supertormenta de rayos y relámpagos.
-- Eso es... -- me contestó -- que estoy viendo mucha luz, y de colores, por el balcón.
-- Venga mamá -- insistí -- levántate y lo vemos desde el balcón.
-- Jeeesuuus, hijo-- me dijo -- espera que me levante.
-- Lo hizo torpemente, con dificultad y nos acercamos al balcón cerrado y desde detrás de los cristales contemplamos el espectáculo.
-- ¡¡¡Que boniiitooo! -- exclamó mamá -- Debería estar Fátima aquí viéndolo también.
-- Voy a avisarla -- le contesté.
Me acerqué, dejando allí a mi madre, al dormitorio donde estaba Fátima. Abrí la puerta y casi en grito le dije:
-- Fátima, corre, ven, levántate. El cielo está precioso.
Ella levantó la vista del bloc donde estaba escribiendo algo (sabía yo que eran números). Su sonrisa, la que me dirigió, fue la más placida que he visto en mi vida. Sus ojos me miraban desde el conocimiento total. La aureola de su pelo rojo me gritaba su propio mundo y me decía sin voz y sin gestos que ella también estaba disfrutando del fin del mundo desde su propia vida.
Cerré la puerta y fui hacia el salón. Vi junto al ventanal, de espaldas, mirando hacia el exterior, la figura de mi madre recortada por un millón de millones de colores distintos. Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos por los hombros. Noté como su placidez me penetró hasta el último átomo de mi cuerpo. Me cogió una mano, sin mirarme, sin decirnos nada.
Los colores y la luz cada vez eran más y más intensos, hasta que se volvió todo blanco y el último recuerdo que tengo es el apretón de la mano de mi madre sobre mi mano.
Ahora puedes reflexionar. Si no fue el fin del mundo, ¿Por qué se volvió todo blanco?, ¿Por qué estas leyendo estos folios inexistentes y además sin letras?
Cierra los ojos y es posible que entonces comprendas que esta es tu vivencia. Puede que cambien los nombres y que la casa sea distinta, o que no hubiera gato.
Pero... los colores... ¿Los recuerdas?
Cierra los ojos.

miércoles, 15 de julio de 2009

CARACOLA

CARACOLA
--Hola!!
La voz parecía salir de una caracola abandonada a la orilla del mar por su propietario.
Llegué a la playa de “Las Arenas” empujado por una sensación de hastío y de cansancio. La vida no había sido fácil, y el hecho de estar en esa playa tampoco satisfacía las necesidades de no-sé–qué, que se esforzaban en mantenerme a la expectativa de que llegara ese no-sé-qué.
La playa, un manto enorme de arena blanca que se extendía hasta los confines de la vista, estaba llena de murmullos, del mar que la lamía, de cantos de sirenas, de los “click click” del choque de las pinzas de los cangrejos.
Me acerqué curioso, tal vez sorprendido de oír esa voz dentro de la caracola. ¿O quizás la voz estaba dentro de mí?, y contesté al saludo
--“Hola”
No me contestó enseguida. Volví a pasear por la orilla de aquella inmensa planicie dejando que la blanca espuma formara pompas sobre mis pies descalzos.
El tiempo se había detenido. No existía.
La playa no estaba resultando ser la panacea contra mi sensación de ahogo. Solo me proporcionaba la sensación de un estado virtual dentro de un tiempo y de un espacio que no me pertenecían, que se me escapaban.
Solo, me adentré en su espacio, caminé sobre su arena, salpiqué sobre sus aguas, comí de los frutos de sus árboles, doré mi cuerpo con su sol, y tirité con el relente de sus noches. Y solo estaba cuando por segunda vez pasé por su lado y volví a oír su saludo.
--¡Hola!
No había duda. Lo que parecía ser un saludo era un saludo. De nuevo me encontré un tanto ridículo hablándole a una caracola:
--¿Hola?
Y tomé la caracola en mis manos, y la acerqué hasta mi oído, la olí, lamí su concha y, todo confundido, no encontré ninguna pista sobre el origen de ese saludo que me hizo sentir curiosidad.
¿A mí? ¿Me saludó realmente a mí, o es una caracola-despertador que funciona solo a determinadas horas y con un hola, y han coincidido mi paso y su requiebro por pura casualidad?
Miré hacia un lado y hacia otro. Nada. Solo sombras huidizas con formas extrañas, bultos de tiempo y de espacio. Voces, solo voces que despiertan la necesidad de un contacto que en su comienzo se esfuma. Palabras suelta, huecas, disconformes, alegres ahora, ahora tristes, necesitadas, a veces gritos de socorro, a veces deseos comprimidos. Miles de voces que se cruzan, y el viento que las transporta, las trae hasta mis oídos, las lleva a otros, y jamás se posan. Mueren en su propia palabra, y se pierden en el eterno juego que confiere la posibilidad del engaño.
Sí, allá al fondo, muy al fondo, se vislumbran torres de caracolas muertas en su encierro. Me acerco lentamente, disfrutando del tacto de la arena. Al cabo hay carteles que anuncian direcciones. “Jóvenes”, dice este, aquel otro “Más de treinta”, grupos de caracolas con mil voces y murmullos que surgen de sus fondos y se entremezclan.
Presto atención y las palabras me suenan huecas. Me alejo tan lentamente como vine, tan lentamente como triste. Paso de nuevo por delante de la caracola que me saludó.
--¡Hola, estoy aquí!
--¿Hola?,-- Respondo sin saber a quien, a qué, por qué. Tomo la caracola en mis manos de nuevo, acerco su boca a la mía y pregunto:
-- “¿Hola?, ¿Hay alguien?
-- Siiiiii…-- Y la voz me llega lejana con dejes de amargura.
-- Soy un sueño, una entelequia, soy la fuerza que me quedó.
-- ¿Qué quiere decir eso?
-- Soy el resto de mis sueños…
-- ¿Eres acaso una voz de tiempo?, ¿Un sonido perdido? ¿Acaso perteneces a mi onírico mundo? Hablas como el silencio, como la esponja amiga que asume su presencia y la desalada presencia de lo arcano…
-- No, soy persona.
-- No, las personas tienen rostro, y mirada, y sonrisa… No, no puedes ser persona, además, las personas no caben en una caracola. Si acaso, pueden caber sus sentimientos, los sentimientos no ocupan espacio aunque lo necesiten todo para cumplirse.
-- Ya, pero soy persona aunque vivo fuera del tiempo y del espacio, al menos fuera de tu tiempo y de tu espacio. Si estoy en esta caracola es porque soy curiosa.
-- Es raro lo que me dices. La curiosidad hace que busques en tu propio mundo, en tu propio espacio todas aquellas cosas que te enriquezcan. Yo creo que solo me metería en una caracola si necesitara algo que se me negara en mi mundo.
Y como si me hubiesen oído desde el cielo, y como regalo, y como aceptación de una realidad incontrovertible ¡PLOP! Me encontré dentro de una caracola justo al lado de mi caracola amiga. ¿O debía decir de la caracola habitada por un sueño? ¿O por el sueño del sueño en mi caracola escondido? ¿O por la nostalgia de la lejanía?… No sé. Pero lo que si sé es que de pronto entendí que los “click click” que oía antes no venían de los encuentros de las pinzas de los cangrejos. Entendí, supe, que venían de los esfuerzos de los habitantes de las caracolas por tener un contacto más real dentro de la virtualidad que les confería habitar en la playa. Que ese click click era un claro choque de rústicas conchas contra conchas rústicas en el deseo de contacto más allá del permitido en esa playa.
Y hablamos, Hablamos durante mucho tiempo, escondidos en nosotros mismos. Me habló de su niñez en un país lejano. Le hablé de mis ilusiones. Me habló de sus sueños de niña. Le hablé de mis cuentos. Me habló de sus estancias en tierras de otros. Le hablé de soledad. Me habló de cariño. Le hablé de amor…
-- ¿Qué es eso? -- Me preguntó mientras una lágrima me resbalaba por la mejilla.
Intenté explicárselo. Mezclé los adjetivos, confundí los fonemas, y al fin, solo pude decirle “Pues es lo que siento por ti”. Para después quedar mudo y confuso y sorprendido por la apabullante realidad del aserto. ¡Era eso! Después de mucho hablar y confidencias y exámenes y divertidas piruetas de lenguaje, todo se resumía a que había quedado enamorado del tiempo inexistente.
Me contestó con una frase que no recuerdo, pero que me trajo a la memoria un viejo poema de amor imposible, interrumpido, de aceptación sí, pero no de entrega.
Al tiempo, y formando ya parte del musical grupo de los click click en vano intento de más acercamiento, le pedí que asomara por un segundo su rostro al sol. Pero no quiso. Le rogué un fortuito encuentro en el éter. Pero no quiso. Mi necesidad me hizo decirle: Te escribiré un cuento, y en él sabrás lo que siento, lo que pienso, cuales son mis fines, que sensaciones me provocas. Ella muy contenta me impulsó en la idea y escribí el cuento, pero no tenía final. Busqué por toda mi concha un final que me valiese, lo busqué en mi círculo, salí a la playa en su búsqueda, nada hallé. Y lo supe. Pero lo supe después de releer el cuento. Lo supe cuando el fondo del cuento no era otro que mis propias ideas de alguien ideal, de ese alguien que posiblemente no exista. De un alguien que te hace soñar, sobre el que viertes todos tus deseos y anhelos, pero sin forma alguna.
Le volví a pedir que se asomara, que me dejara ver su rostro un instante. Lo justo para saber de ella, para darle forma a un cuento de idea. Solo el tiempo de plasmar su imagen en mi retina para que me acompañara en una nueva lectura. No quiso hacerlo. Ahora me veo arrastrando mi concha milímetro a milímetro apartándome de aquella caracola. De vez en cuando lanzo un nuevo grito “asómate” pero ella no quiere, solo contesta con evasivas de miedo, de imparcialidad, de orgullo, de tiempo, de fiebre.
Y yo sabiendo que podría ser lo más bonito de este mundo con que algún dios me hubiese mejorado, pero se quedó en un casi. Así, hoy, ya a varios milímetros de ella, escribo esto para dejarlo a la puerta de su caracola.
Espero que algún día se atreva a salir, aunque no sea yo quien la reclame, y la vea y la lea y sienta lo que yo sentía… en aquella vieja playa… de tiempo…. de espacio…

martes, 14 de julio de 2009

LA IRA DE DOS HERMANAS

LA IRA DE DOS HERMANAS


La carretera, la nueva carretera, es anodina. Pasea por la misma tierra, los mismos sitios de siempre, pero a veces más lejos de ellos, a veces sobre ellos mismos, y a veces los intuyes en el olor de tu recuerdo. Pero ya carece de la personalidad que siempre da un nombre, costumbre ancestral, a un recodo, a una curva, a un llano, o a una cuesta, y a un cruce. Ya no está hecha para que pase la “pasajera” con su fuerte y peculiar ruido de garganta y de tos, y a esa velocidad que hace que un desplazamiento a la capital sea un viaje al más allá.
DESAPARECIDO EL INTERES NOS ADENTRAMOS EN LA SOMBRA OSCURA DEL SILENCIO. DESAPARECIDO EL DESEO DESAPARECE LA COMUNICACIÓN, Y LOS MUROS QUE SUSTENTABAN LA TIERRA ARCILLOSA Y EN UN TIEMPO COMPACTA, SE DESMORONAN Y ASOMAN SUS ARMADURAS AL VIENTO Y A LA LLUVIA QUE LOS CORROE Y LOS ORINA, Y LA TIERRA LIBRE DE SU PRESIÓN, EN TIEMPO FELIZ, SE DERRAMA A TIENTAS POR LOS HUECOS Y APAGA EL FUEGO, Y DE CENIZAS QUEDA SU ESQUELETO.
La carretera ya no es la misma. Está hecha para la carrera y para la cabida de mil coches que ya no serpentean, que ya, en recta, casi, buscan su fin. Un final rápido para un no paseo.
Los coches no son los mismos. Ya no llevan guardias civiles montados en sus estribos, a ambos lados, en su lúdica subida. Ya no se paran a refrescarse con el agua que contienen las botellas de vidrio, que no de plástico, que al fin se portan en el maletero.
EL INSANO INSOMNIO HUNDE SU CUCHILLO, AFILADO Y ROTO, EN LOS CUERPOS SIN MENTE, EN LOS CUERPOS DE MANTAS Y VENTANAS CERRADAS. ES INVIERNO Y EL FRIO SE CUELA DE NOCHE EN EL DORMITORIO. NO HACE MUCHO TIEMPO ESTO NO IMPORTABA. NO HACE MUCHO TIEMPO EL CALOR SE DESPRENDÍA A BORBOTONES DE LOS CUERPOS QUE SE FROTAN BAJO LAS MANTAS. ¿HA LLEGADO EL TIEMPO DE LA NADA Y DESPEÑARSE POR LOS ACANTILADOS DE UNO MISMO YA NO SATISFACE Y NO LLAMA AL SUEÑO?
Ya no es la misma carretera. Los nombres se han borrado y ya solo quedan en el recuerdo de los más viejos, “La Revuelta del Cuatro”, “La Menea”, Los Llanos de Gitar”…
Sigue viéndose, al otro lado, al Oeste, imponentemente protegida por Dos Hermanas, la falda de la montaña donde se suicidó tirándose desde el promontorio que une los caminos de las eras La Mesa y Quintana con la vereda del pueblo, dejando una gavilla de mies en la lastra del centro, aquel viejo loco que vivía solo en la parte alta del barrio de Los Panaderos.
ES PATÉTICA LA SEMBLANZA DE LA NUEVA IMAGEN ROTA DE VENAS Y AJADA PIEL. MOJADA DE SÍ MISMA Y ACUCIADA POR LA DECREPITUD ENTABLA SU LUCHA POR LA SALVACIÓN QUE LA ARRASTRA AÚN MÁS Y CADA DÍA, AL FONDO DE LA SIMA QUE SE OFRECE DESDE EL PROMONTORIO. ES LA SIMPLEZA DE CORAZON LA QUE TE OBLIGA A ENFRENTARTE CON LA SIMPLEZA DE LA MUERTE, CON LA VENIDA DE LO INESPERADO EN UN CARRUSEL DE CANTOS, Y DE VIDA, Y DE MUERTE, Y DE PAZ, Y DE GLORIA. LA CARGA ES UN AÑO QUE PESA, Y SON GAVILLAS TRANSPORTADAS, Y ES LA MUERTE DE UNA MULA, Y ES EL ESTAMPIDO DE UN COHETE.
Sigue, eso sí, la carretera, empinándose para trepar por las escarpadas faldas de la montaña que aloja las paredes de cal y las paredes de piedra de la Iglesia, y las paredes de enredaderas y las otrora calles de piedras venidas en asfalto y hormigón.
La fuente, donde corrían saltarines, y a veces con sanguijuelas, los caños de agua, donde se contaban unas a otras los chismes del vecindario mientras hacían cola para llenar sus cántaros, ya, con el insomnio se ha secado. Con la nueva carretera se ha secado. Con los nuevos coches se ha secado. Solo queda un triste caño, el del centro, que aún lleva agua que llena el pilar para que los pocos mulos que quedan puedan abrevar. Un cartel encima de él advierte de que estas aguas no están cloradas y no se responde de que puedan ser buenas o no. Y otro cartel, antaño impensable, rompe el hechizo de que hizo gala: “PROHIBIDO APARCAR”
¿SE AGOTÓ EL AGUA DE LOS CAÑOS?. ¿Y SI ES ASÍ, PODREMOS SEGUIR BEBIENDO, AUNQUE POCO, ARRIESGÁNDONOS A QUE NO CONTENGAN LAS DEBIDAS SALES MINERALES EN SUSPENSIÓN, A QUE NOS PODAMOS TRAGAR UNA SANGUIJUELA?
Ajenos al fin, y en su principio, siguen cantando “a la rueda rueda” en la plaza, con sus pantalones cortos y sus faldas plisadas. Ajenos al deterioro del agua, y de la carretera, y a la ausencia de sus nombres, quedan atrapados en sus juegos que rompen trazos de amargura en los acólitos que los observan desde el campanario. Ese mismo campanario que en calendas estivales estallará en sonidos al volteo del metal para anunciar las fiestas en honor al Santo Patrono. Fiestas de otros y para otros. Serán otras las que cosan deprisa para las que pronto coserán deprisa para las que pronto coserán deprisa…
Nubes en torrente, aquella noche, pasaron dejando anegado el suelo y el barranquillo y las ramblas y ramblizos. Incluso la carretera bajaba con manos de agua.
La mañana amaneció fría y triste. Un sol tímido, y frío, y amarillo, se desperezó por entre los riscos de la cima de las montañas que protegen la carretera, sin fuerzas para romper el edredón de hielo que protege al pueblo, y al campo. Quizás más tarde. Tal vez logre vencer a “Dos Hermanas”, picos más altos que dan nombre a la sierra a que pertenecen, que vestidas de novia señalan el Oeste. Hieráticas y tal vez abandonadas por sus esposos, gritan, y su gélido aliento se enfrenta a los apenas esbozados esfuerzos del sol que se apunta.
El cielo, de acerado azul, se arruga en cirros que juegan vertiginosamente al pilla pilla.
Sebastián, el de la dehesa, asoma a su puerta con su mula y su pantalón de pana, y mirando al cielo frunce el ceño y gruñe, y abrigándose, y aceptando su destino de lucha, se encamina a la dehesa enfrentándose al monstruo sin rostro.
El frío relentiza la vida del pueblo apareciendo como fantasma que se cuela en cada vivienda, en cada cobertizo, en cada alma.
Don Juan, el cura, seguro que no ha salido a colocar la líria en los abrevaderos de los colorines.
Don Manuel, el maestro, ha colocado el cartel de “cerrado por frío” en la escuela, apresurándose a encender el fuego de su propio hogar.
Don Pedro, el boticario, ha prendido la estufa de hierro que preside la rebotica, en cuyo alrededor pronto se reunirán sus once hijos.
El cielo se cierra en la larga tarde haciendo que Sebastián, el de la dehesa, de por terminado su inconcluso trabajo, y se aventure en el camino de vuelta, precediendo a las negras nubes que ya ensombrecen a Dos Hermanas.
… Y oscurece la tarde en su principio, vencido el sol, y olvidado.
… Y se enciende la luz de la tormenta que azota con látigos de luz y de fuego la tierra aún helada, y el transformador, que ni siquiera Carreño fue capaz de arreglar.
… Y se rompen las cadenas que atan el estruendo que acompaña al trallazo cada vez más cerca, cada vez más fuerte, cada vez más corto el respiro.
… Y cántaros se derraman por la dehesa, y por la vega, y por los marmajales, y por el pueblo.
Toda la tarde duró la ira de Dos Hermanas, la furia de las dos esposas abandonadas, presagiando la desgracia.
Más temprano, más temprano que siempre, más temprano que se recuerde, se prenden las trancas en las puertas del pueblo, y casi se puede oír, entre el fragor de la tormenta, los rezos de los habitantes, que con carburos, o quinqués, o con velas, entregan su mente a las brujas y a los mil aciagos pensamientos que se esconden en ella. Las casas se van durmiendo mecidas con los estampidos de fuera de sus muros y el cadencioso sonido de las goteras que se derraman en lebrillos y cazuelas y cántaros.
Y estalla la alerta que de puerta en puerta va con sonadas de aldabas contra la madera dura y mojada. “Mariquilla la del Tortero ha desaparecido con la nube”. Y las mirillas se cierran, y se abren las puertas, y se encienden los carburos, y los quinqués, y las velas. Ya se reúnen todos en la botica, y todos parten en busca de la muerte. Toda la noche levantan cañas, y gritan su nombre, y vacían balsas, y recorren labradas, y barrancos, y algunos llegan hasta Gitar. Ha caído en la balsa de las “Tres Chozas” y se ha desposado con el fango de donde vino.
Ya vuelven todos, y se gritan en la distancia ¡Ha aparecido!, ¡¿Cómo?!, ¡En la balsa de las Tres Chozas!.
Ya el sol ha roto los algodones cuando se deshacen los corrillos y se oyen las trancas en todos los rincones del pueblo, y en todas las casas.
Es una mañana de sueño y de muerte, donde los hombres duermen su trabajo de anoche, y las mujeres velan la muerte compartiendo el mazapán y el vino dulce y los bolletes de higo.